Sábado 13 de Mayo de 2017

Visitado principalmente por caleranos y gente de la V Región

Pichicuy: Una colorida ciudadela sobre el ultramar

No es un balneario, sino una caleta, en donde ya no hay pesca ni veraneantes. Con todo, es bellísimo.

Por Gustavo Boldrini

Durante los años 30, Pichicuy era uno de tantos puertecillos en los que atracaban barquitos que, antes de que hubiese carretera al Norte, movilizaban, comerciaban y abastecían a la gente de ese litoral. El lugar era conocido como La Cruz de la Ballena y no siempre estaba habitado. En antiguos libros de cuentas de la Hacienda Huaquén se consigna que allí, a veces, se cargaron sacos de garbanzos, trigo, cueros de chivo y grasa ‘en pella'. Se desembarcaba vino, tocuyo, café y ¡naipes!

Seguro que La Cruz de la Ballena es la rocosa punta, escarpada, que al norte de la caleta se proyecta al mar como una fortaleza, casi un castillo. Lo parece, pues la parte antigua del villorrio creció sobre esa altura y allí, densificada al máximo, se ofrece como uno de los hitos más visibles y sólidos de ese litoral.

Todo, a 174 km de Santiago y a unos 25 de La Ligua. A esa colina poblada la completan una pequeña playa aledaña a su ‘centro' y luego otra, de seis kilómetros, que se desprende hacia el sur, hasta Guallarauco. En el intertanto, un humedal, un zócalo de arenas blancas y una persistente ola que las mulle minuto a minuto.

‘Huiro palo'

En vísperas del invierno, Pichicuy es sincero. No es un balneario, sino una caleta, en donde ya no hay pesca ni veraneantes. Los pescadores, asociados a buzos y a empresarios afuerinos, han tenido que dedicarse a la extracción del ‘huiro palo'; alga gigantesca que, por cosecharla tantos años, cada vez hay que buscarla más afuera, unos 20 a 30 minutos de la costa, y a profundidades de 15 o más metros. Es un trabajo riesgoso y sacrificado que ha reducido a una docena el centenar de buzos que comenzó la extracción. El producto, usado en farmacia, cosmética y agricultura, se exporta a Europa y Asia. Así, Pichicuy ya no carga porotos ni trigo en el barquito La Bilbao (1930) y tampoco descarga locos, merluzas ni jureles de sus botes. La señora Isabel, de un restaurante, dice que no puede ofrecer mucho, pues "no ha llegado pescado de Papudo".

Con todo, Pichicuy es bellísimo. Balneario y playa (‘entre el 10 de diciembre y el 10 de marzo' dice en un cartel) es visitado principalmente por caleranos y gente de la V Región. Siempre con un mar color cerúleo, sin par, y aguas cristalinas. Sin contaminación. A esto, ahora, se suma otro atributo: es el cíclico rumor de las olas, entrometidas en el más riguroso de los silencios. No se le pide más a Pichicuy; es que su belleza y atractivos están hechos de grandeza natural y casi nada de ofertas turísticas. Aquí, el chillido de las gaviotas o el paso parsimonioso de los pelícanos es mucho más vital que la empanada de camarón queso o jaiba queso.

Pichicuy, más que destino para un turista, lo es para un pequeño viajero. Alguien que valore mucho el caminar. Es que en su humedal hay taguas, patos, coipos. En este otoño, quizá porque es difícil encontrar a otra persona en la calle, son largos y sinceros los diálogos en el muelle. "Somos gente de trabajo". "De sacrificio". ¿Y es pescador?

"Bueno, tengo varias pegas, es difícil la vida aquí, y ya no salgo a pescar". En el verano será distinto. Cuadruplicada la población, se rehabilitará el cómodo mercado de productos del mar; se pescará, se activará el buceo y los sitios de camping.

El fin de las machas

Mientras tanto, Pichicuy es bello para compartir o escuchar sobre sus intangibles culturales. Basta una sobremesa o una conversación en el mirador para enterarse de "quién es el que roba", "quiénes los que asustan" o de por qué, alguna vez, al fin de los años 60, "desaparecieron las machas". Los que roban son "el perro y la gallina". Los que asustan son los duendes, ahí en Las Conchillas. Las machas desaparecieron porque eso fue un castigo. Cuento largo: en los años 60 las machas eran el oro de los pichicuyanos. Con tanto dinero, esta bonanza se celebraba en forma casi orgiástica; con fiestas "paganas", dice don Carlos del Peral, antiguo residente. Llegó un brujo de Salamanca y decidió castigar estos excesos carnales. Transformó en reptil a uno de los pescadores y, cada vez que el hombre entraba al mar los peces huían; de paso, lo peor fue que desaparecieron las machas.

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