Sábado 13 de Mayo de 2017

El entusiasmo

Carlos Franz

El escritor solitario entra en comunión con el universo y transforma ese encuentro en relato. Pero esta comunión duele -es melancólica- si no la compartimos, si no dejamos que otros participen de ella".

En 2017 se cumplen cincuenta años desde la publicación de El entusiasmo, el primer libro de Antonio Skármeta. Ese volumen de cuentos interpretó la vitalidad de una generación chilena que quería cambiar el mundo. Y además contiene una fe de bautismo del héroe skarmetiano.

En el relato El joven con el cuento, un veinteañero escritor inédito se refugia en una playa solitaria del desierto de Atacama. Arde el sol, destellan el cielo y el mar. El muchacho se ha escondido en esa caleta despoblada para escribir, aunque no sabe muy bien qué. Pero apenas llegado ahí la embriaguez de su libertad lo captura. La fuerza del trópico desértico se acopla con la sensibilidad desbordante de su juventud. En vez de escribir, este autor aspirante se tiende desnudo en la arena hirviente, se asolea, siente que se "funde" sensualmente con el universo. En suma, el protagonista y narrador de ese cuento ¡se agarra una insolación de padre y señor mío!

Un poco delirante y muy fervoroso, metido en el mar hasta la cintura, el joven celebra un rito instintivo. "Cogí agua en la mano, la elevé sobre la cabeza y luego la solté dejándola caer sobre el pelo como si me estuviese bautizando a mí mismo, y cuando dije mi nombre, Antonio, noté que no me era extraño, que yo mismo obedecía si me llamaba así".

En ese acto desértico y marítimo aquel personaje escritor —casi indistinguible de su autor— veló sus armas literarias y las templó en el fuego solar de un entusiasmo que caracterizaría la obra posterior de Skármeta. La soledad creativa aumenta el hambre de comunión con la naturaleza y la humanidad. El escritor se identifica amorosamente con sus personajes para que el cuento de sus existencias no sea pura literatura sino vida sublimada por la palabra.

Skármeta ha sido fiel a ese programa estético juramentado hace medio siglo.

En su novela El baile de la Victoria (2003), dos adolescentes, Ángel y Victoria, defienden sus ilusiones contra un mundo que se empeña en desengañarlos. Ángel es un ladrón de poca monta; Victoria es una colegiala que para pagar su sueño de ser bailarina debe prostituirse ocasionalmente. Promediando el libro Ángel lleva a su enamorada al campo donde él creció. Rodeados por un paisaje idílico los enamorados caen en una angustia filosófica. Se preguntan por qué son en lugar de ser nada y, por cierto, no hallan una respuesta satisfactoria. Pronto Ángel se cansa de esas especulaciones. Prefiere constatar su gozosa comunión con la naturaleza. "Bajo sus espaldas sentía la humedad de la tierra a punto de convertirse en barro, la elemental suavidad de la yerba, el áspero roce de las piedrecillas…". Pero el amor de Ángel por la muchacha ha transformado su lazo con la tierra: "Estoy contento de otra manera que cuando venía solo aquí. Yo siempre sentía que me bastaba estar a orillas del lago entre los otros pájaros, respirar y exhalar y eso era todo. Yo estaba completo. En cambio ahora estoy contento, pero me duele estar contento".

En aquel otro relato, de hace medio siglo, el personaje Antonio estaba solo frente al mar. Vivía el cuento que quería escribir y con eso le bastaba. Pero en la noche, en medio de su febril insolación, dos personas entraron a su refugio. Él los tomó por ladrones y estuvo a punto de matarlos. Esa intromisión del mundo en el escondite solitario del escritor aspirante decidió la trasmutación de su experiencia en literatura. Al día siguiente, por fin, el joven se puso a escribir.

En El baile de la Victoria, Ángel recuerda su dichosa soledad de antes, frente al lago, y comprueba que ésta ya no le basta, que ahora le duele, porque está enamorado. El amor se ha entrometido como un ladrón en la soledad autosuficiente del joven que ahora necesita compartir su experiencia.

Aquel cuento inicial y esa novela madura giran orbitando en un mismo sistema vital y estético. El escritor solitario entra en comunión con el universo y transforma ese encuentro en relato. Pero esta comunión duele —es melancólica— si no la compartimos, si no dejamos que otros participen de ella. La escritura es una propuesta amorosa feliz sólo cuando es correspondida por un lector.

Desde hace cincuenta años Antonio Skármeta ha continuado, con rara coherencia, ese proyecto literario. Un proyecto de difícil sencillez y ambiciosa sinceridad, orientado por un ideal que justifica, mejor que otros, el quijotesco oficio de la literatura. Escribimos para aliviar nuestra soledad y la del mundo.

Redacción

Marco Antonio de la Parra

No dejen escapar a Donald Ray Pollock

Su última novela, El banquete celestial, está por llegar a Chile vía Random House. Circularán también sus libros anteriores, Knockemstiff, de cuentos (alguien lo tradujo como "mátalos a palos" y es el nombre del pueblo natal del autor que reúne una serie de relatos cuál más cruel y sorprendente que el otro) y la tremenda novela El diablo a todas horas, entre los mejores libros de 2011 en España.

El banquete celestial es una suerte de western violento y divertido (humor negro, advierto, como el alquitrán), situado en 1917 en Ohio, en las tierras de donde es originario este particular escritor que se encontró con la narrativa cerca de los 50 años, después de una dura vida obrera, y con un éxito inusitado ante su imaginería mezcla de Tarantino, Cormac McCarthy, los hermanos Coen y Flannery O'Connor.

Su rudeza, su oscuridad, su manejo de la acción y de un recorrido por el lado más escatológico de la existencia van convirtiéndolo en un autor magnético, de esos de los que uno no quiere despegarse y pasa de la carcajada al horror. Una banda de hermanos asaltantes de banco que se deja guiar por un libro de mala muerte leído por el único de los tres que no es analfabeto; un inspector de letrinas que descubre lo que nadie se imaginaría, un afroamericano que cuida su bombín como una joya de emboscadas y balas perdidas, escenas prostibularias con relatos anatómicos legendarios, personajes deliciosos en un galope trepidante. Donald Ray Pollock sabe entretener y se deja llevar por su prosa. Una especie de John Fante o Bukowski escribiendo en el far west para deleite de cualquier lector dispuesto a las emociones fuertes y a reírse con honestidad ante lo inusitado de su trama.

Su nombre corre entre lectores finos, iniciados que esperan su próxima obra a la brevedad. Debería ir agarrando cada vez más vuelo. Se cierra El banquete celestial con esa pregunta terrible del lector del siglo XXI: ¿Qué pasa que no hacen la película? Quizá nadie se atreve con estas escenas potentes, cargadas de pólvora y de sangre.

El lector de Pollock que soporte la montaña rusa de horrores, sabores y olores, de disparos a la loca y estafas entre sujetos de mala muerte, en un paisaje donde nadie querría vivir y donde la moral está al borde del abismo, se volverá un adicto o una suerte de cómplice. No lo dejen escapar. A Donald Ray Pollock, digo.

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