Jueves 20 de Abril de 2017

Voto secreto y conducta auténtica

Alfredo Joignant

"Qué queríamos: ¿una decisión aristocrática que sólo algunos pueden sostener o una decisión plebeya y tribal?".

Son innumerables los análisis de la decisión del último comité central del PS: desde el asesinato del padre a la prefiguración de un suicidio colectivo, pasando por un voto tribal originado en la identidad partidaria, en un lenguaje en el que convergen el psicoanálisis, la criminología y la antropología.

No ha sido abordada, sin embargo, la controversia, previa a la votación, sobre la forma pública o secreta del voto. Los partidarios del ex Presidente Lagos solicitaron que la votación de cada miembro del comité fuera pública, mientras que una mayoría exigía el voto secreto. Lo fascinante en esta controversia, que nada tenía de procedimental, radicaba en dos cosas: en primer lugar, los supuestos de la conducta exigida eran diametralmente distintos, y en segundo lugar porque esos supuestos nos retrotraen (vaya ironía) a lo que se jugaba en los orígenes del sufragio universal secreto.

Quienes abogaban por un voto público recalcaban la necesidad de que la comunidad política socialista conociese no sólo a quienes votaron de tal o cual modo, sino que además justificasen su decisión (en los hechos, varios comisionados fundamentaron en público su voto, aunque sería interesante hacer la sociología de la selección social de quienes podían permitirse hacerlo). Los partidarios del voto secreto alegaban por una decisión sin presiones, algo no muy distinto al voto en los primeros años del sufragio universal (que tenía lugar en público, ya que la invención de la cámara secreta tardaría varios años en ocurrir: 1890 en Chile, 1914 en Francia).

Es una excentricidad socialista el que, para unos, el voto genuino sea aquel que se origina en un tácito código del honor de quien no sólo puede alegar razones para justificar su sufragio, sino que además puede permitirse hacerlo en público, como si ante materias decisivas todo socialista estuviese libre de presiones y tuviese suficiente libertad para imponer su granular soberanía. Puede haber algo vergonzante en votar abiertamente por un candidato distinto a Lagos, una decisión que no es fácil fundar en argumentos, salvo si se quiere solicitar una definición de la socialdemocracia tan aborrecida hoy como la tercera vía, de la cual Lagos fue un animador. Pero esto no sería nada si no se considera la pregunta acerca de las condiciones de autenticidad de una decisión colectiva de individuos que hablan y actúan en nombre de un partido. Qué queríamos: ¿una decisión aristocrática que sólo algunos pueden sostener por origen, posición o jerarquía, o una decisión plebeya y tribal que, por las mismas razones, requiere ocultarse (por muy duro que pueda parecer) para asentar una decisión genuina?

Poder legítimo o poder legal, para retomar la distinción de Sartre. El voto público en el que pensaban los partidarios de Lagos era un impensado sociológico, del que no podía surgir una decisión genuina porque en esta hay condiciones sociales de posibilidad. De allí la perversidad sartreana del voto secreto: "La cámara secreta plantada en una sala de clases o de la alcaldía, es el símbolo de todas las traiciones que el individuo puede cometer hacia los grupos de los que él forma parte". Y no hay nada más genuino que una "traición".

Redacción

Fernando Balcells

Entusiasmo

Escribir para compartir un entusiasmo es un ejercicio difícil. Más en los tiempos en que el "me gusta" se ha convertido en el modo estándar de manifestar algo: uniforma los matices del gusto, aplana las aristas de la belleza, lima las diferencias y hace equivalentes todas las proposiciones. Una foto de niños sufriendo un ataque por gas pimienta merece un "me gusta" idéntico al del último desnudo de la tetona local.

Hay que sacudirse los pixeles para tener alguna posibilidad de querer lo que se quiera. Según Lyotard, siguiendo a Kant, lo mejor que puede esperar la humanidad de sus afanes es lo que se deja entrever en el entusiasmo de los espectadores de un gran movimiento revolucionario. Se refiere al entusiasmo de los alemanes con la Revolución Francesa. Un interés sin interés personal, pero que, no obstante su distancia, anticipa un porvenir ético de la humanidad.

Este entusiasmo personal tiene el riesgo de ser descubierto y reprimido por las policías de la intimidad. En un mundo pleno de buena fe y que ha expulsado la violencia del orden público; en una sociedad sometida a la razón de una manera que ninguna utopía se ha atrevido a sugerir, el entusiasmo disimulado de los espectadores basta para sacar lo mejor que nuestra humanidad puede ofrecernos.

Pero en la dimensión mundana en que vivimos, la simpatía no basta. Se necesitan todavía espectadores críticos y actores jugados por causas que les son queridas, sin pretensiones de equilibrio ni garantías de éxito. Ese entusiasmo radical y desequilibrado que sólo se puede fundar en un romanticismo anterior a todo pragmatismo es lo que me sugieren las candidaturas presidenciales minoritarias.

La política chilena parece atravesada por esta herida que separa a pragmáticos de románticos. La candidatura de Beatriz Sánchez se parece más a la de Ossandón y a las de ambos Kast que a la de Alejandro Guillier. Hay candidaturas que son estructuras de poder y otras que piden espacio político para sus diferencias culturales. Sebastián Piñera y Guillier, candidatos mayoritarios, independientemente de su voluntad, se han convertido en máquinas de distribución de cargos al servicio de sí mismas. Es una ilusión creer que después del poder viene el sentido de su uso. Lo que viene con el poder es, simple e inevitablemente, su abuso.

Me entusiasman los candidatos minoritarios porque ellos pueden abrir nuestra cultura ciudadana a las opciones sustantivas que el pragmatismo elude.

Encuestas y primarias

"Hoy más que nunca es necesario complementar la información de las encuestas con la convicción política y la infantería electoral de los partidos".

Es muy difícil que encuestas como Cadem y Adimark puedan pronosticar correctamente el resultado de las primarias y de las presidenciales. Dada la brevedad de los cuestionarios y los bajos volúmenes de las muestras, hay limitaciones insalvables. Sin embargo, se siguen tomando decisiones sobre los resultados que estas encuestas reportan. Esto no es responsabilidad de las instituciones que dirigen estos estudios, sino de quienes toman decisiones en función de lo que ellos indican.

En primer lugar, la brevedad de los cuestionarios responde al tipo de muestra. Mientras Adimark hace un muestreo telefónico a números fijos y celulares, Cadem lo complementa con un muestreo no probabilístico en puntos de afluencia de gente. En ambos procesos hay altas tasas de reemplazo. Cuando no se encuentra al sujeto original, se procede a reemplazarlo inmediatamente por otro encuestado. Esto empuja el error muestral.

En segundo lugar, es difícil identificar al votante probable. Es decir, al votante que tiene más chance de salir a sufragar el día de la elección. No basta con preguntar si la persona va a ir a votar o no, sino que también si votó en las elecciones pasadas, si está seguro de ir a votar y cuán probable es que lo haga. Sólo mediante este ejercicio —que puede incluir más preguntas— es posible estimar el resultado de una elección.

En tercer lugar están los tamaños muestrales. Si el objetivo es capturar al votante probable y resulta que ese votante probable representa un 40% de la muestra, entonces las estimaciones se hacen aun menos confiables. No es lo mismo calcular la intención de voto con mil casos que hacerlo con cuatrocientos. Bajo esas condiciones el error aumenta, lo que se agudiza en una primaria, donde el volumen de casos podría reducirse fácilmente a doscientos.

En las primarias participan dos tipos de votantes: los intensos programáticamente y los movilizados por los partidos el día de la elección. En las primarias para la elección de alcaldes de 2016 votó el 5,6% del padrón. Tomando como base los votos de la Nueva Mayoría y de Chile Vamos en 2012, ambas coaliciones, cuatro años después, movilizaron a cerca del 38% de su electorado. En las primarias presidenciales de 2013 la participación fue de 22,1%. Hoy más que nunca es necesario complementar la información de las encuestas con la convicción política y la infantería electoral de los partidos. Es plausible que candidatos desfavorecidos en las encuestas sorprendan en la primaria justamente porque en lugar de amilanarse, salieron con más fuerza a competir por un electorado esquivo, crítico, pero dispuesto a movilizarse cuando hay algo en juego.

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