Miércoles 12 de Abril de 2017

¿Qué debemos pedirle a la política?

Juan Luis Ossa Santa Cruz

"Para que la política se vuelva un ejercicio legítimo y de largo aliento debe ser suficientemente pragmática para no caer en el juego de la constante reinvención".

Me gusta la política desde que tengo uso de razón. Cada vez que se habla de ella me involucro en la discusión. La política ha sido parte importante de mi vida, ya sea apoyando alguna idea en específico o simplemente estudiándola en su relación con el pasado. Me dedico a analizar la historia política de Latinoamérica y de vez en cuando escribo sobre política coyuntural. No milito, pero siento un gran respeto por los partidos. Sigo creyendo en los políticos y estoy convencido de que la crisis de confianza de la ciudadanía se pasará con más —no con menos— política.

Pero que yo crea que la política tiene mayor relevancia que otras actividades u oficios no quiere decir que ella sola sea capaz de solucionar la totalidad de nuestros problemas. La política, lo dije ya en este espacio, es como la vida misma, y no hay que esperar grandes relatos monocromáticos. Todo lo contrario: debido a que la política la ejercitan políticos de carne y hueso, debemos pedirle un número acotado de cosas, como mayor crecimiento económico, políticas públicas bien diseñadas y una retórica coherente. Pero poco (o nada) más. Creer lo contrario es ingenuo.

Permítaseme explicar el punto con el debate constitucional. Se ha instalado en el debate la idea de que la Constitución debe ser una panacea que resuelva las desigualdades de nuestro sistema económico, garantizando derechos sociales como la calidad de la educación o el acceso a una vivienda digna. Nadie medianamente cuerdo podría negarse a ambas cuestiones. Sin embargo, de ahí a constitucionalizar dichos derechos sociales hay un tramo largo. Las constituciones no existen para solventar derechos que, por su índole técnica, pertenecen a leyes especiales surgidas de la discusión parlamentaria. Pedirle a la Constitución que resuelva cuestiones puntuales (como una pelea con un vecino o un conflicto doméstico entre cónyuges) es traspasar al mundo constitucional responsabilidades que son esencialmente civiles y penales.

Algo similar ocurre con la política cotidiana: la sobreideologización de la discusión presidencial muchas veces se zanja con promesas de suyo voluntaristas, como si los políticos —por el sólo hecho de ser conocidos y tener poder— pudieran cumplir cada una de las cosas que dicen por televisión. Conceptos como "refundación", "cambios revolucionarios", "nueva era", "reestructuración del sistema político" suenan todos muy bien y son rimbombantes. Pero conllevan también el serio peligro de que no puedan tener un correlato en la realidad práctica. En efecto, para que la política se vuelva un ejercicio legítimo y de largo aliento debe ser suficientemente pragmática para no caer en el juego de la constante reinvención. Quizás ésa sea la mayor exigencia que debamos hacerle a la política y a los políticos: actuar de forma realista.

Redacción

Jacinto Gorosabel O.

Piñera y la posverdad

¿Cuánto cuesta el prestigio de una persona honrada? Probablemente, muchos años de vida comportándose pública y privadamente de acuerdo a ciertos principios. ¿Cuánto cuesta ensuciar o destruir ese prestigio? Sólo papel, tinta y publicidad. Basta con que alguien con figuración pública lo acuse a usted de cualquier falsedad, y lo proclame ante la prensa y las redes sociales, y el daño ya está hecho.

Las "filtraciones", los prejuicios y las verdades a medias presentadas intencionalmente como absolutas, y difundidas en Twitter y Facebook, irán dando forma a una posverdad que lo convertirá en "culpable". El veredicto condenatorio fundado en la posverdad opera inmediatamente, incluso antes de cualquier juicio o investigación.

El diputado Hugo Gutiérrez lo sabe muy bien y por eso se ha querellado contra una docena de adversarios políticos, entre ellos el ex Presidente Sebastián Piñera. Al abogado del PC no le importa que sus querellas no logren su objetivo judicial. Basta con sus efectos políticos: empañar la imagen de sus adversarios y familias, sembrar dudas injustificadas y entrampar a su contrincante con zancadillas judiciales.

La vinculación entre Piñera y Pinochet que hacen los ministros del actual gobierno sigue la misma lógica y es tan absurda como decir que Bachelet es chavista porque algunos miembros de su coalición apoyan la dictadura en Venezuela. En la era de la posverdad, los "hechos alternativos" prevalecen sobre la realidad.

Cuando se usan los tribunales para atacar al adversario no sólo se judicializa la política. También se puede terminar politizando a la justicia. Y cuando se sustituye el debate de ideas y la leal competencia entre proyectos políticos por el acoso judicial y la condena mediática, se lesiona la convivencia cívica y se pone en riesgo la democracia.

Aquellos dirigentes de la Nueva Mayoría que miran con simpatía la maquinación político-judicial de Gutiérrez deberían ver que su silencio legitima una peligrosa práctica que mañana también podría ser usada en su contra. No dejemos que el oportunismo se imponga nuevamente. El respeto por las instituciones y por la honra de las personas, principios sobre los cuales descansa nuestra república, deben primar por sobre quienes, hoy como ayer, demuestran con sus hechos que no creen en la democracia ni en sus valores.

Migrantes: una oportunidad urbana

"En casos como Silicon Valley, la interacción multicultural está relacionada con la generación de productos innovadores con valor agregado".

En los últimos cuatro años los escolares inmigrantes crecieron en un 72%. Colombianos, ecuatorianos, venezolanos y haitianos, entre otros, se han sumado a la ya consolidada colonia peruana. Si bien la cifra es significativa, la percepción de cambio es aún mayor. Pese a la participación de extranjeros en los procesos de colonización e industrialización del país, donde las colonias fueron configurando la sociedad chilena, en el último tiempo, los flujos migratorios no han sido tan marcados, lo que ha permitido que hoy distintas razas y acentos destaquen con facilidad.

A nivel mundial, hemos visto gran efervescencia en los temas migratorios, en especial en Estados Unidos, que está renegando de su tradición migratoria. En Chile este tema aún no es de los principales en la agenda, pero hay señales que indican que a los nuevos extranjeros no se les está haciendo fácil el trance hacia su bienestar personal y familiar.

¿Cómo el Estado y la sociedad están abordando esta situación en términos concretos? Más allá de aprovechar la nueva oferta con distintos niveles de preparación, el país parece no estar tomando ventaja de ello.

En términos urbanos se ha reconocido el valor que puede entregar a las ciudades la concentración de extranjeros. Tanto por la identidad que pueden entregar a ciertos barrios, como por la diversidad de oferta de diversos bienes y servicios. Richard Florida, teórico de las ciudades creativas, ha planteado que las ciudades requieren tomar conciencia de sus atributos para ser competitivas y muchas veces son los inmigrantes quienes aportan a esa caracterización.

Casos como Silicon Valley se han destacado como atractores mundiales de inmigración, donde la interacción multicultural está relacionada con la generación de productos innovadores con valor agregado. ¿Cuánto estamos ganando con la llegada de nuevos inmigrantes y cuánto estamos perdiendo por no contar con políticas específicas modernas de mayor perspectiva? ¿Cómo enfrentamos el riesgo que corre nuestra sociedad que, aun acomodándose a esta nueva diversidad, podría verse influenciada por los citados procesos globales de discriminación?

Todavía hay terreno fértil para que nuestras comunas vislumbren y capitalicen las oportunidades que entregan estos nuevos influjos, configurando barrios que puedan acogerlos y proyectarlos. Alcaldes, concejales, empresarios y autoridades nacionales están llamados a detectar estas oportunidades y crear las condiciones para que estas familias puedan acceder a buenas condiciones de habitabilidad y al mismo tiempo, cargar de nuevos atributos a nuestras ciudades. Estos procesos pueden ser muy dinámicos y así como vinieron, pueden irse, lo mismo que las oportunidades de mayor competitividad y desarrollo que pueden estar generando y no hemos sido capaces de vislumbrar.

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