Lunes 20 de Marzo de 2017

La historia de la bandera chilena del Polo Norte que enfrentó a Prats y Allende

En 1971 el chileno Arturo Aranda llegó en trineos tirados por perros hasta el Artico.

Por Loreto Flores Ruiz

Cuando alguien tiene posibilidad de destacarse con esfuerzo, no hay un reconocimiento".

El brigadier (r) Arturo Aranda (1931) aún conserva en perfectas condiciones el abrigo de piel de zorro groenlandés —con aplicaciones de piel de oso— y un saco de dormir de piel de llama, que utilizó durante la travesía de 2.800 kilómetros (ida y vuelta) que lo convirtió en el primer y único chileno que ha llegado al Polo Norte en trineos tirados por perros.

La expedición (coronada el 19 de mayo de 1971) era comandada por el conde italiano Guido Monzino, y el chileno fue el sub-líder. Aranda conoció a Monzino en Italia, en un curso de montaña al que lo envió el Ejército de Chile. Años después, éste lo invitaría a participar en cuatro importantes expediciones: Torres del Paine (1957), Groenlandia-Polo Norte (1971) y Everest (1973). En esta última, Aranda y otro chileno, el suboficial Baltazar Catalán, alcanzarían los 8.400 metros y por una orden de bajar de Monzino no pudieron llegar a la cumbre, pese a que estaban en condiciones de hacerlo.

—El año pasado fue invitado a Italia, por la conmemoración de los 45 años de la expedición ¿cómo fue eso?

—El 19 de mayo nos reunimos en la cripta del castillo donde están los restos de Monzino para poner una ofrenda floral con una banderita chilena. y tuve que hacer un discurso en italiano. Al otro día di una charla en una escuela de Di Como a niños sobre la expedición.

—Después del Polo Norte, Ud. fue recibido incluso por el Papa en el Vaticano.

—El Papa Paulo VI nos invitó a una sesión especial en el Vaticano. Yo pasé de los últimos e iba vestido de militar chileno, cuando me toca saludarlo me arrodillo y siento un tirón en mi mano, miro y era el Papa que me dice en italiano: "Los soldados no se arrodillan", me dejó perplejo. Al día siguiente nos recibió el Presidente de Italia, y me entregaron un diploma y una condecoración, muy bonita, que es una cruz, que es la medalla al mérito de Italia.

—¿Qué pasó cuando volvió a Chile?

—En Chile la recepción fue muy grata, me recibió el general Prats y un día me llamó y me dijo: "Hoy vamos a ir a saludar al Presidente, con la bandera chilena que Ud. izó en el Polo Norte". La bandera se la regalé al general Prats, como comandante en jefe del Ejército de Chile. Y en La Moneda comenzó un tira y afloja con el Presidente Allende por la bandera, pero al final nos fuimos con ella y el general Prats la puso en su oficina. Pasó el tiempo y años después me pidieron si esa bandera podía pasar al museo de la Escuela Militar, yo dije que sí, pero tiempo después llegó un director a la Escuela y llevó la bandera a la bodega. Me costó 10 años recuperarla, se la estaban comiendo los ratones, como gran cosa logré enmarcarla. Tiempo después la llevé a la escuela de Montaña, pero no le dieron ninguna importancia. Así que retiré todas mis cosas, me las llevé a mi casa y no se las doy a nadie.

—Con la perspectiva que dan los años, ¿cuál es la importancia que Ud. le asigna a todas las expediciones en que pudo participar?

—Obtuve una gran experiencia, única, y a mí no me importaba ni la publicidad ni ninguna de esas cosas, no me llama la atención. También prevalece la ingratitud (silencio). Y a eso no hay que hacerle caso. Hay un dicho muy cierto de un filósofo chino y dice: "Poco habrá hecho el hombre que no sepa de ingratitudes", y eso es cierto. Porque el chileno es mediocre, chaquetero, envidioso y tiene todos esos males. Entonces cuando alguien tiene posibilidad de destacarse con esfuerzo, con sacrificio, sacrificando muchas cosas, hasta la vida, no hay un reconocimiento, no hay nada y cada vez la sociedad se va consumiendo más en la desvalorización.

—Probablemente ningún otro chileno llegue al Polo Norte debido al calentamiento global.

—Estoy consciente de que pueden llegar en un yate a todo lujo con unas niñas en bikini y levantar la bandera, pero en las condiciones de hielo en que lo hicimos nosotros, no; porque las condiciones climáticas ya no van a estar.

No debería ser así

Padres se culpan por los accidentes de los hijos

Por Perri Klass, The New York Times

¿Qué es lo peor que has hecho como padre? ¿Cuál es la decisión que darías lo que fuera por cambiar, el arrepentimiento que te mantiene despierto por las noches? Todos los tenemos; son gajes del oficio.

Algunos de los más problemáticos son los asuntos médicos, cuando un padre se siente responsable de que su hijo esté enfermo o herido. Como pediatra, me he sentado a hablar con padres que se culpaban una y otra vez por las decisiones que habían tomado: "Le quité los ojos de encima por un minuto, y algo terrible sucedió: mi hijo corrió a la calle, metió la mano a una máquina, se cayó de las escaleras".

Cuando un niño tiene un accidente siempre hay un padre que se arrepiente de algunas o de todas las decisiones y permisos que permitieron que el niño estuviera ahí en ese momento; son padres que desean, como casi todos lo hacen, poder cargar con todo el dolor y el sufrimiento de sus hijos. Cuando los niños se enferman —y los niños sufren enfermedades— los padres se sienten responsables y culpables por todo, desde infecciones hasta enfermedades hereditarias.

No creo que la generación de mis padres pasara tanto tiempo arrepintiéndose y pusiera tanta energía en ello; si los padres necesitaban mudarse, entonces el niño se mudaba. No recuerdo que agonizaran pensando a qué escuela asistiría el niño y, desde luego, que molestaran a los hijos en la escuela era un hecho de la vida; ningún padre se sentía directamente responsable por las interacciones sociales de los niños pequeños. Además, los accidentes pasaban, las visitas a la sala de emergencias pasaban, las suturas pasaban, a veces una y otra vez al mismo niño. Sin embargo, aunque cubras el suelo debajo de los columpios con materiales suaves y les pongas casco a todos, la vida no siempre va bien y terminamos sintiendo arrepentimiento.

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