Viernes 17 de Febrero de 2017

Un Presidente de otra época

Felipe Edwards Del Río

Su incapacidad de articular una ideología emotiva, inspiradora, ocultaba una pasión por administrar bien, escuchar a los demás, y estar dispuesto a tomar decisiones impopulares".

Una medianoche de noviembre, 1992, George H. W. Bush no podía dormir. El día anterior había perdido en su intento de reelección a la Presidencia de Estados Unidos ante Bill Clinton. Estaba angustiado por su derrota. Se levantó de la cama y expresó su consternación ante los cambios en su país que la votación representaba para él. "El trabajo no está terminado, y eso me mata", se dijo.

La escena, descrita por Jon Meacham en "La odisea americana de George Herbert Walker Bush", ocurre horas después que Bush, con la gracia y rectitud que lo han caracterizado, había reconocido el triunfo de Clinton. Ahora, solo, ante una grabadora que usaba como diario de vida, admitió que el resultado de la elección "duele, duele, duele", y que su orgullo estaba herido por no haber podido contrarrestar las encuestas y los expertos políticos que no le daban ninguna posibilidad de salir reelegido.

La necesidad de ganar era una parte del carácter que le forjó su familia. Sus padres, con una situación económica privilegiada, eran tan exigentes de sí mismos como de sus niños. Para el clan Bush, la vida era una competencia. Aprendían a nadar cuando un tío los lanzaba al mar desde la punta de un muelle. Se esperaba que los niños fueran exitosos, tanto en los deportes como en sus estudios, sin demostrar el esfuerzo que ello requería ni jactarse de sus triunfos. "A nadie le gusta un fanfarrón", decía su madre.

Los padres de Bush consideraban que las ventajas de su riqueza y educación conllevaban la obligación del servicio público. George se destacó en ese ámbito. Antes de ser elegido Presidente en 1988, sirvió como diputado, embajador ante la ONU, presidente del Partido Republicano, director de la CIA, primer jefe de la misión diplomática en China, y vicepresidente bajo Ronald Reagan.

A lo largo de su carrera, Bush se caracterizó por su intensa y solapada ambición, junto con la convicción de que debía ejercer el poder con prudencia y pragmatismo. Desconfiaba de los dogmas dentro y fuera de su partido. Su incapacidad de articular una ideología emotiva, inspiradora, como las de John F. Kennedy o de Reagan, lo que Bush llamaba "esa cosa de la visión", ocultaba una pasión por administrar bien, escuchar a los demás, y estar dispuesto a tomar decisiones impopulares.

En una campaña de 1964, cuando fue atacado por la extrema derecha de su partido, confidenció a un amigo: "Esta mezquina y malhumorada filosofía que dice que todos deben estar de acuerdo sobre absolutamente todo no es buena para el Partido Republicano ni para nuestro Estado. Cuando la palabra ‘moderación' se convierte en un insulto, debemos examinar nuestras consciencias".

La experiencia y el temperamento templado de Bush le sirvieron bien para formular una política mesurada cuando tropas chinas aplastaron la protesta en favor a la democracia en la Plaza de Tiananmen y cuando, cinco meses después, miles de alemanes derribaron el muro de Berlín. Como Presidente, estaba consciente de que en esos momentos, acciones exaltadas de Estados Unidos corrían el riesgo de provocar una represión más violenta en China o desatar una reacción militar de las fuerzas soviéticas en Europa Central.

La misma sobriedad y el instinto de buscar consensos guiaron a Bush cuando forjó una alianza de 35 naciones, con 670 mil soldados, y logró la aprobación de la ONU para expulsar a Saddam Hussein de Kuwait. Igualmente, en 1990 llegó a un pacto con líderes demócratas para reducir el déficit fiscal y sacar al país de su crisis económica, aunque debió romper su promesa de no subir los impuestos. Sabía que esa decisión le podría costar su reelección, como de hecho ocurrió.

Tras la elección de 1992, Bush reflexionó sobre las diferencias en las normas de su generación y las de Bill Clinton. Bush estaba cursando cuarto medio cuando aviones japoneses atacaron Pearl Harbor, lo que unió a todo el país detrás de Franklin Roosevelt y la determinación de luchar en la Segunda Guerra Mundial. El día en que se graduó del colegio cumplió 18 años y, con la autorización requerida de su padre, se inscribió como el aviador más joven de la Armada. Durante tres años participó en 58 misiones de bombardeo desde portaviones en el Pacífico. En una de ellas fue derribado por fuego enemigo en un ataque en que murieron sus dos tripulantes. Un cuarto de siglo más tarde, con el país profundamente dividido, Clinton evitó la conscripción y protestó contra la guerra de Vietnam mientras estudiaba en Inglaterra.

En la intimidad de su insomnio, Bush se preguntó cómo una persona que evitó servir en las fuerzas armadas de su país luego podría ejercer como el comandante en jefe de las mismas. Poco después volvió sobre el tema. "Los valores son distintos hoy, los estilos de vida, la aceptación de la vulgaridad, los modales, la visión de lo que constituye el patriotismo y lo que no, el concepto del servicio", se dijo. La forma en que él concebía el honor, el deber y la patria parecía pasada de moda.

Esa noche hizo una lista de cómo se debía comportar tras su derrota. Ser fuerte, atento con los demás, agradecido, terminar con una sonrisa, hacer lo correcto. Con ese plan de acción elucidado, se volvió a dormir. Días más tarde dictó a su grabadora: "Esto cambiará. Esto cambiará".

Redacción

Gabriela Peralta Country Manager de IATA

¿Qué está haciendo la industria aérea?

En los últimos años, el desarrollo de la industria aérea se ha convertido en un tremendo desafío. Pongamos un ejemplo. En el informe anual de reclamos y quejas presentadas por los pasajeros de aerolíneas ante la Junta de Aeronáutica Civil (JAC) y el Servicio Nacional del Consumidor (Sernac), hubo un incremento de un 20% (1.454 reclamos) por problemas con el equipaje durante 2016. Seguramente, los usuarios se preguntan, ¿qué hace la industria aérea?

Analicemos, entonces, las acciones efectivas para disminuir este tipo de sucesos que son, sin duda, una mala experiencia para los pasajeros y uno de los elementos que más generan insatisfacción para el cliente de las aerolíneas.

Una de estas acciones es la adopción de la Resolución 753, impulsada por la Asociación Internacional de Transporte Aéreo, IATA, la cual justamente se relaciona con el seguimiento de las maletas chequeadas. Esta normativa, que debe ser aplicada por todas las aerolíneas miembros de IATA a contar de junio de 2018, previene y reduce el mal manejo del equipaje y la posibilidad de fraude.

Las aerolíneas deberán proporcionar un inventario de maletas a la salida de cada vuelo, demostrar que se ha entregado el equipaje y la recepción de éste en caso de que haya cambio de vuelo/aerolínea, entre otros.

Existe la tecnología de identificación por radiofrecuencia (RFID en inglés), que puede rastrear con precisión el equipaje en tiempo real en puntos clave del viaje. Esto puede permitir al sector aéreo ahorrar más de US$ 3.000 millones en los próximos siete años, y ofrecer mayor seguridad al pasajero.

Algunas aerolíneas han agregado, incluso, el servicio que permite al pasajero, a través de dispositivos móviles, hacer un seguimiento en tiempo real de diferentes fases del viaje de sus maletas. No saber si las maletas llegarán a destino es algo que provoca cierta ansiedad al momento de acercarse a las cintas de equipajes de los aeropuertos; por lo tanto, que este servicio sea entregado por todos sería un gran avance.

Actualmente, varias aerolíneas en el mundo lo han implementado con éxito, y sabemos que algunas líneas aéreas en Chile están trabajando arduamente para adoptar esta resolución y mejorar la experiencia del pasajero.

VOLVER SIGUIENTE