Viernes 17 de Febrero de 2017

Sociedad

Me volví un poco loco. De no tener nada, de un día para otro tuve mucho. Me rayé".

Cuando su padre, el pintor y escultor Francisco de la Puente, murió en forma repentina en 2010 a los 56 años de edad, la vida de Nicolás dio un vuelco estrepitoso.

"He escuchado tantas cosas. Que se murió de un ataque cardíaco, de un aneurisma, que lo mataron… mil cosas. Qué sé yo", dice el también artista plástico, hoy de 36 años y con un parecido físico inquietante a su padre, una tarde calurosa, sentado en un bar.

Tres años después de aquella muerte, Nicolás desempolvó cuadros y junto a su propia obra (técnica mixta con viruta) montó la exposición "Dos de la Puente colgantes", en Casas de Lo Matta. Cerca de 200 cuadros de ambos, expuestos frente a frente. Dos obras completamente diferentes. Entre otras razones, quería que vieran que tenía su propia identidad, que no era un simple imitador de su famoso padre. Pero las cosas no se hicieron más fáciles para Nicolás de la Puente. "No me pescan mucho. Llamé a la Galería Animal, quienes conocieron mi trabajo en un momento y se habían interesado, y me respondieron que no era del perfil de la galería", dice.

Está trabajando para exponer en una sala de Isla de Maipo; no ha tenido la oportunidad de hacerlo en Santiago. No sabe bien por qué. Sí confirma que le cuesta mucho venderse a sí mismo. "Tengo que tener un art dealer o una galería que me apoye; yo no puedo negociar mi propia obra", dice.

Hubo un momento no lejano en que pensó dejar el arte. "Estuve a punto de colgar los guantes, casi dejo todo… para un artista no pintar es como morirse en vida, y yo no estaba bien".

—¿Por qué?

—Por inseguridades, angustia, el qué dirán, porque siempre me tienden a comparar con mi padre. Parece que es inevitable. Hay un antes y un después desde su muerte. Me cambió la vida totalmente.

El inicio de todo

Francisco de la Puente nunca estudió Arte, pero aun así obtuvo una beca del gobierno de Austria que lo llevó a la Akademie der bildenden Künste de Viena, donde trabajó con Rudolf Hausner. Se quedó dos años.

Su hijo dice que en ese viaje Francisco creció de manera exponencial artísticamente y que regresó como un rock star: "De vuelta en Chile, él era casi una estrella de cine, con buena pinta, encantador, la gente lo amaba, siempre estaba rodeado, era muy motivador de la gente".

Pero las cosas no siempre siguen el mismo promisorio camino. Una serie de factores fueron debilitando al Pancho de la Puente querido por todos. Su hijo cuenta que en un momento él dejó de hacer las pinturas que le gustaban a la gente y comenzó a realizar collages: "Esas obras se vendían poco". Su padre hacía clases en la Universidad Finis Terrae, pero un día les exigieron a los profesores el título de Pedagogía: "Eso lo angustió mucho. Se puso a estudiar, pero no alcanzó a recibir el diploma, se murió antes". Lo encontraron en su cama en su casa-taller en calle José Miguel Infante, cuando estaba celebrando el rescate de los 33 mineros.

Nicolás tenía 30 años en ese momento, pero sólo desde los 20 había tenido una relación con Pancho, a quien conoció cuando tenía tres años y vio de forma intermitente durante toda su niñez y adolescencia. Con su madre —Viviana Polloni— nunca se casó. Los pormenores de la relación de ambos Nicolás no los detalla. Dice que —como muchas cosas de su padre— son parte del misterio que dejó. "Mi mamá tiene muchos recuerdos, pero él jamás me habló del tema", dice.

"Creo que mi padre esperó a que yo creciera para conocerme, para acercarse, para que yo lo pudiera entender a él. Quería una relación más de adultos. Cuando chico íbamos al Teleférico, a la Pizza Nostra, a La Leona, lugares así, de vez en cuando".

Cuando Nicolás tenía 18 años la relación entre ambos empezó a consolidarse. Se juntaban, escuchaban música, conversaban hasta tarde. Pero del primer premio que se ganó a los 24, en un concurso de arte, Francisco de la Puente se enteró por El Mercurio. Entre broma y broma, su padre le dijo: "Pero cómo, si el único artista de la familia soy yo".

Francisco nunca involucró a su hijo en su intimidad. Cuando murió, su casa de calle Infante estaba llena de amigos de toda la vida, quienes no sabían que tenía un hijo. "Así de hermético era. Tenía un mundo privado muy complejo, no mezclaba a la gente". Nicolás atribuye su propia angustia a esa situación: "Todos se me acercaron para hacerle un homenaje a mi padre… y la sensación que tuve fue que me iban a estrujar y después me botarían como un pedazo de papel".

Nicolás de la Puente heredó casas, obras de arte, dinero. "Me volví un poco loco", dice. Se fue a vivir a la casa de Infante, usaba el auto de su padre, su ropa. "Y me cambió la vida. De no tener nada, de un día para otro tuve mucho. Me rayé". Con el dolor de esta relación truncada a cuestas, tenía, además, una enorme sensación de angustia pensando que ese dinero no le pertenecía, que no se lo había ganado, que no era suyo. "Estaba descompuesto. Tiraba los billetes por la ventana. Tenía rabia, pena, por su muerte. Este cambio de vida lo he ido aceptando muy de a poco".

Al mismo tiempo empezaron los cuestionamientos. "Este compadre quedó parado", cuenta que comentan de él. "Me dicen que no sé pintar, que no sé dibujar. Me he cuestionado todo. En un momento estuve muy mal. Vivir en este ambiente es complicado, todos se conocen, es pituco, elitista, el ego de los artistas es algo complicado. Tuve que agarrar pachorra. El arte es lo que me hace levantarme en las mañanas, dormir bien en la noche. Es lo que me gusta y no sé hacer otra cosa. Pero vivir a la sombra de un león no es fácil. No me dicen Nicolás; me dicen Panchito. La gente piensa que soy una extensión de él".

Las dificultades no han parado. Nicolás de la Puente está en pleno juicio con una ex pareja de su padre, que busca el 50 por ciento de lo heredado por él. "La conocí, era muy simpática, muy buena onda. Según ella estuvieron diez años juntos; la hermana de mi padre, dice que sólo fue un año. Ella asegura que perdió tres hijos de mi padre… hay todo un cuento más enredado que el miedo".

Él ganó el primer gallito; ella el segundo. Ahora van a la Corte Suprema. "Mi padre le dejó una cantidad de obras y un departamento, auto. Pero quiere más. Pero mi papá, cuando estaba vivo, decía: "Todo para Nicolás". Que sea lo que los dioses quieran. Cuando uno obra bien, será lo que tiene que ser. Han sido muchas lecciones de vida en muy corto tiempo".

Zapatero de tres generaciones

Reparadora Merced 348, atendida por su propio dueño

Don Alberto resiste los cambios de un barrio en el que lleva 40 años trabajando como zapatero remendón. Su futuro es incierto, pero su oficio no.

Por Feisal Sukni

Estimado cliente, pasados 90 días no se responde por ningún trabajo. Esa es la ley. El zapatero, como el sheriff de un buen western, carga sus armas al cinto y no sonríe. Si lo hace, un destello de oro se escapa tímido. Un sheriff sin estrella en el pecho pero con años de pegamento, suela y cuero en el cuerpo.

Tapillas al minuto. Media suela. Ensuelado. Arreglo de carteras. Cambios de cierre. Teñidos de cueros. Puntillas de suela. Cambio de taco. Cambrillones de botas. Cambio de taco botas. Media planta goma. Suela entera. Teñido de zapatos para dama y varón. Teñido bota larga. Horma. Arreglos de balones de fútbol. Coderas. Parches. Broches. Ojetillos. Cambio de taco. Media suela. Suela entera. Cambio de tapillas. Teléfono público. Arreglo de carteras, bolsos, maletas.

La reparadora de calzado es un lugar que permite reconocerlo con la nariz. Como si fuera un negocio culinario, remueve las fosas nasales. Olor a pegamento, tintura para cueros, pasta de zapatos y diluyentes hacen de esta mezcla un elixir propio del mundo análogo, donde las cosas funcionaban con sudor y maña, sin electricidad, sin tutoriales, oficio de manos. De esa época cuando los negocios eran atendidos por sus dueños, porque no había franquicias, pero la gente era franca. Se fiaba porque las personas tenían nombre, apellido y pagaban. Los zapatos tenían historia y la palabra empeñada algo valía.

"Yo nunca me he comprado zapatos. Siempre termino usando los que quedan acá. Los que nadie reclama. Algunos están casi nuevos. En los 70 debo haberme comprado el último par de zapatos".

Don Alberto Arrachena comenzó a arreglar tapillas en 1970 en calle Merced frente del Teatro Ictus. Nunca ha ido al teatro, pero más de alguna vez un vestuarista corrió a clamar por ayuda para coser, pegar o salvar una función.

Seguirá con la tapilla y el yunque de hierro, resistiendo bajo el agua de la lejanía y la historia. El barrio no lo sabe, pero se desangra. A don Alberto, la sangre le corre por las venas a sus 70 años y se indigna con las cartas que envía la empresa dueña de su local para avisarle que el arriendo subirá 300%.

Ellos no conocen a don Alberto. Sus ejecutivos nunca han arreglado sus zapatos ahí. Son hijos del mundo contemporáneo. Cuando algo se rompe, lo reemplazan. Cuando alguien envejece, lo cambian. Nada se arregla. Nada se transforma.

"La inmobiliaria me manda una carta y con eso creen que basta".

Notificación: Por fuerza mayor, la Reparadora de Calzado dejará de funcionar el día 27 de febrero del 2017. Agradezco su buena voluntad y comprensión. Atentamente, Alberto Arrachena.

Reparar es un verbo en retirada. Lo moderno es lo nuevo. Nada se repara, todo se destruye, se desecha, se momifica. Envejecer está prohibido. Pero don Alberto confía en Dios. No sabemos si Dios confía en don Alberto. No sabemos si Dios confía.

"Aprendí este oficio cuando era bueno ser zapatero. Mi hijo aprendió el oficio. Pero con esta subida de precio, no sé dónde voy a trabajar… tal vez en mi casa".

Ha sido zapatero de tres generaciones. Lustró las botas del abuelo, le cambió las tapillas a la hija y al nieto le arregló su pelota de cuero, de las que tenían "blái" y los cascos cosidos a máquina, no como las de ahora. Pelotas duras para una vida dura. Ahora las pelotas son desechables para una vida desechable.

"A veces entra gente a pedir el teléfono público. Se les acaba la batería del celular y vienen y tampoco tienen monedas. Todo es electrónico o plástico. En 1983 se hacían 1.600 llamadas al mes. Este año van 10". El teléfono público del negocio ya no es amarillo. Parece más moderno, con botones incluso. Aún así, es la pieza de tecnología más sofisticada de su local en Merced 348.

Una pulsera de cobre gitano le abraza la muñeca derecha y un anillo de oro anuda su dedo índice. Metales genuinos para un hombre genuino de perfecto bigote estilo El Zorro. Un caballero de dedos gruesos, llenos de trabajo con las tenazas, las tijeras, el alicate. Amigo de sus martillos de mangos finos y cabezas diminutas. Las tapillas se rompen y se arreglan. Los zapatos se agrandan en la horma. Las cosas como son o como eran.

"Con amor todo sale bien. Ame lo que hace. Que le guste. Esa es la clave de esta pega, de todas las pegas".

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