Jueves 16 de Febrero de 2017

Izquierda y derechos sociales

Alfredo Joignant

"Si no se está de acuerdo con este piso tan elemental, entonces no será posible unificar políticamente a las izquierdas".

Día tras día se ahondan, en el espacio europeo, las diferencias entre socialistas y nuevas izquierdas, desde España a Grecia, pasando por Francia e Inglaterra. No muy distinta, aunque en un estado bastante más primitivo, es la controversia entre izquierdas movimientistas en camino a transformarse en partidos y la centroizquierda conformada por el PS, el PPD y el PRSD.

Lo singular en esto es la fragmentación interna tanto de las nuevas izquierdas en Chile, deseosas de transformarse en un símil —muy imperfecto, más bien pequeño y estrecho— del Frente Amplio uruguayo, como de la centroizquierda criolla. ¿Cómo no interrogarse acerca de la división de esta otra izquierda, formalmente "nueva", precisamente en el momento de su nacimiento? No entiendo muy bien las fuentes de esta división tan temprana, que contrasta con la naturaleza más pragmática e identitaria de la controversia socialista, pepedeísta y radical.

¿Cómo ordenar este cuadro tan desolador sin apelar aun a los agentes que compiten por el liderazgo presidencial? Pues bien, apelando a la lógica de los fines, jerarquizando los bienes de salvación deseables y que no son otros que derechos sociales. No tiene ningún sentido agregar a la panoplia de carencias el ideal confuso de derechos sociales a la ciudad, al transporte y tantas otras cosas: ello delataría un uso intelectual laxo, casi vulgar de lo que un derecho social quiere decir, así como una concepción muy poco política de los que debiesen ser priorizados. Si el eje unificador de las izquierdas radica en una concepción de derechos sociales y en la definición de ciudadanía que ellos implican, el reflejo inicial debiese consistir en desafiar a todos (especialmente a los que se dicen socialdemócratas) sobre si realmente el fin por el cual vale la pena luchar es el de un derecho social (¿universal?) a la educación (especialmente superior), a la salud y a la pensión (en estos casos no tengo dudas sobre la universalidad), cuyo costo es asumido predominantemente por el Estado imputado a rentas generales. Si no se está de acuerdo con este piso tan elemental, entonces no será posible unificar políticamente a las izquierdas, dejando abierta la vía para la política estéril ensayada por las nuevas izquierdas retóricas en España y Francia, desde Iglesias a Mélenchon, asegurando el triunfo de la derecha y, peor aún, de la extrema derecha.

De lo que se trata, entonces, es de concordar en los fines deseables de alcanzar en plazos temporales razonables (pongamos por caso dos gobiernos), respecto de tres derechos sociales (educación, salud y previsión), asegurando las condiciones económicas de posibilidad y garantizando pulcritud en el diseño de las políticas. En la medida en que se agreguen otros derechos sin haber asegurado condiciones previas de igualdad, la derrota, y la decepción, se encuentran a la vuelta de la esquina. Las otras izquierdas, en este preciso sentido, se encuentran al borde del abismo.

Redacción

Fernando Balcells

No es el cuento, es la música

El guion de "La La Land" tiene algunos aciertos. Los finales, el real y el ficcionado, son irrelevantes en sus diferencias. Lo que fuera que pasó con la relación se convierte en anécdota y soporte de un quiebre entre pareja y éxito profesional. En otro final, fuera de la película, ella, actriz triunfadora, lo encuentra en su club de jazz y se deja atrapar en sus brazos. Pero en el sueño no lo hace porque él podría dejarla caer y la cámara se estacionaría sobre su cara, siguiendo su caída con una lentitud única, sincopada y con los ojos abiertos por la sorpresa y la incredulidad.

Es una historia de amor fracasada, pero triunfante. Triunfa en el punto de triste satisfacción en que se reúnen la cara oculta de la vida y su exterior maduro y consagrado. Cuerpos blancos y tiesos atravesados por una música de pocos compases y melodías casi plagiadas. Una música sin vértigos, adecuada para la intimidad de una pareja. Apta para guardar su secreto incluso de sí mismos.

Los bailes tienen una gracia fotográfica. No es la continuidad del cine ni del baile la que se expresa y cautiva, es el afiche. No es la línea curva estirada de los cuerpos esculturales de algún modernista alegre en sus zapatos. Es la línea quebrada, el cuerpo recogido del romántico, atravesado por el dolor de lo inalcanzable. El baile y el canto de esta película son el arte de un par de vecinos cualquiera. Sin mucha voz, desentonados a veces, rígidos de tronco y de cadera pero sueltos de rodilla, de empeine y tobillo. La música de "La La Land" es modesta. Una aversión al riesgo, un gusto por lo tenue, incluso en lo apasionado y su derrumbe.

La película recupera el paisaje neoyorquino que está en el deseo de Los Ángeles. En los años 50, lo importante no era la historia, sino la música y el baile sobre el agua. A pesar de la declaración de Gene Kelly en "Good Morning" ("tomas una historia, le pones música y la bailas, eso es todo"), la cosa funciona al revés. Tienes un ritmo cardíaco inestable, un sonsonete entre las orejas, un estado de ánimo fluctuante que se deja silbar como una música a la que buscas una historia y que te hace mover el cuerpo; eso es todo. En "La La Land", los rostros han recuperado la seriedad de sus emociones y no permanecen con la boca abierta de la sonrisa obligatoria de los años cincuenta.

Guillier y el neopopulismo

"Gran parte de los candidatos «sistémicos» recurren a clivajes y relatos anacrónicos, y buscan convencer de sus ideas a una casta de iguales".

Donald Trump, Beppe Grillo (cabecilla del antisistema Cinco Estrellas en Italia), Viktor Orbán (líder ultranacionalista y xenófobo húngaro), y Alejandro Guillier, en Chile, han sido mencionados con justa razón como exponentes recientes de una oleada posmoderna de populismos, que operan y se levantan fuera del sistema de partidos históricos, que surgen de sociedades de consumo exigentes, críticas, desafectadas de liderazgos e instituciones tradicionales que no logran satisfacer sus demandas más acuciantes. Parte del éxito se debe a su posicionamiento como redentores y guías espirituales accesibles y carismáticos de una ciudadanía huérfana y hundida en un mar de materialismo, abuso y desmantelamiento del tejido social. Muchos de ellos surgen desde un establishment, pero se venden y retratan como la panacea para acabar con una élite desgastada, a veces indolente y artífice de una crisis moral de proporciones que ellos mismos ayudaron a construir, gatillar y perpetuar.

Cuando la contienda es muy reñida, dan el salto desde la dialéctica del abuso hacia la propuesta concreta, que no es más que un ofertón que promete un edén de posibilidades y derechos adquiridos (pero muchas veces con letra chica o borrosa en materia de libertades o fuentes de financiamiento). Aprovechan además la falta de coraje de muchos de sus contendores para desnudarlos y llevar adelante un discurso que revalide la importancia de la buena política, sus instituciones y valores, o una ética de la responsabilidad, prolijidad, rigurosidad y eficiencia para diseñar e implementar políticas públicas y programas que se sustenten en atributos de calidad y durabilidad.

En un sociedad hiperconectada (o que vive la ilusión de la hiperconexión a través de relaciones virtuales y falsas que alimentan esa llamada "posverdad"), el gran factor que explica su acogida tiene que ver con la gestión de las comunicaciones. Mientras gran parte de los candidatos "sistémicos" hacen más de lo mismo, es decir, recurren a clivajes y relatos anacrónicos, y buscan posicionarse y convencer de sus ideas a una casta de iguales, los exponentes del neopopulismo exudan creatividad y desparpajo. Despliegan estrategias, relatos y canales para conversar de forma directa, segmentada, innovadora y disruptiva con los públicos donde se juega una elección. Transitan desde la masividad que entrega una entrevista en Mega hasta plataformas y aplicaciones online, o activaciones en terreno vía mitines y foros donde evangelizar a públicos más incrédulos.

Este es parte del recetario y nuevo estilo de baile que explica el auge de los Trump o los Guillier. La única salida a esta vía neopopulista está en la propia política y en liderazgos que invoquen y promuevan de forma creativa y corajuda una épica de lo ético y responsable.

VOLVER SIGUIENTE