Lunes 9 de Enero de 2017

“En México están enojados, porque creen que les queremos quitar un bandido”

Fernando Purcell explora la relación entre chilenos y mexicanos durante la fiebre del oro de California.

Por Patricio Pino M.

Los chilenos piensan en términos raciales. Están entre los activistas contra los chinos".

"Cuando fui al Archivo Histórico en Sonora a revisar documentación de los mexicanos que fueron a EE.UU. por la fiebre del oro, el primer día me presenté y dije que era chileno. El que me atendió, lo primero que me preguntó fue ‘¿Usted conoce a Joaquín Murieta?'. Le respondí, ‘Sí, lo conozco. El mexicano Joaquín Murieta'. Y ahí le cambió la cara, hasta me quería invitar a una charla a la universidad, pero era demasiado. Eso porque en México están enojados con los chilenos, porque creen que les queremos quitar a su bandido".

Relatada en primera persona, ésta fue una de las «molestias» que se tomó el profesor de historia de la Universidad Católica Fernando Purcell (PhD de UC Davis) para escribir «¡Muchos extranjeros para mi gusto! Mexicanos, chilenos e irlandeses en la construcción de California, 1848 - 1880» (FCE. 2016).

"Los chilenos defendían su identidad"

El libro cuenta la interacción de los criollos con el resto de los inmigrantes que llegaron a San Francisco a partir de la fiebre del oro de 1849. Y Murieta, el bandido nacido en Sonora, colgado y decapitado por los gringos, es uno de los muchos puntos que aborda.

—¿Allá sienten que los chilenos se apropiaron de la figura de Murieta?

—Claro. Además, me topé con que en los pasaportes de esa época el apellido era súper común en Sonora. Para ellos, en una sociedad fronteriza, es la encarnación del mexicano que desafió a los gringos.

—¿Cómo «se hizo» chileno?

—De él se escribió una novela muy temprano en California, en 1854. Una similar apareció luego en Francia en 1862. Esta se popularizó y en 1867 se hizo una traducción en Chile. Según Pereira Salas, el título de ésta fue «El Bandido Chileno Joaquín Murieta», y en el texto donde decía Presidente Santana, ponían Presidente Bulnes y así. Fue un hit. Busqué en la Huntington Library de Los Angeles y hubo hasta una 15° edición a inicios del siglo XX. En el fondo, esa obra fue tan popular porque resonaba toda la historia de estos chilenos que volvían de California y hacían relatos de menosprecio, racismo y maltrato.

—Los chilenos ¿eran víctimas o victimarios de racismo?

—A EE.UU. no le temen, pero sí a los chinos. En los diarios chilenos y mexicanos impresos en California escribían mensajes dirigidos hacia sus autoridades en casa: ojo con estos que comen ratones y fuman opio. Los chilenos allá estaban pensando aún más en términos raciales. En California luchaban por ponerse sobre los mexicanos y estaban entre los activistas contra los chinos. Los principales eran irlandeses. Ellos, duramente discriminados en la costa este, llegaron a San Francisco, donde los que estaban más abajo son chilenos, mexicanos, indígenas y chinos. Pero a diferencia de los irlandeses, eso sí, los chilenos no se nacionalizaban porque, como los mexicanos, defendían su identidad.

—¿Los chilenos se entendían mejor con mexicanos y peruanos?

—En ese entonces aún no ocurría la Guerra del Pacífico y México era admirado. La sociedad chilena hoy día tiende a mirar en menos a Latinoamérica en general. Además entonces había una cuestión práctica. Era gente que luchaba por su supervivencia en un terreno hostil y terminan aunando esfuerzos. Los angloamericanos no hacen distinción. Son todos «greasers». Los mismos cónsules chilenos lo dicen. ‘Piensan que todos somos zambos'.

Purcell también hace un relato cuasi policial del ataque a Chilecito (San Francisco, julio 1849), originado en las tempestuosas relaciones de una prostituta criolla, Felicia Alvarez, y uno de sus galanes, Samuel Roberts. "Ese incidente tiene que ver con discriminación, racismo y mujeres. Es una mezcla. El grupo atacante eran desposeídos, gente que había ido a pelear a la guerra con México y que se quedó allá", dice.

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