Viernes 6 de Enero de 2017

Belfor Aguayo logró decenas de puntajes nacionales en el Instituto Nacional

“Cuando me vaya cortado, viviré en mis alumnos. Son mi pasaje a la inmortalidad”

Enseñó Matemáticas durante 36 años con un controvertido estilo. Hoy, que el colegio bajó del ranking de la PSU, dice: "Se fue en picada. Lo están destruyendo".

Por Malú Urzúa

Yo les decía: A ver, ¿con quién te quieres casar?, ¿con la chiquitita morenita y potoncita de al lado de tu casa, o con la rubia alta, la ingeniera comercial?"

"Yo les decía: A ver, ¿con quién te quieres casar?, ¿con la chiquitita morenita y potoncita de al lado de tu casa, o con la rubia alta, la ingeniera comercial?".

En palabras del profesor de Matemáticas Belfor Aguayo Santis, esa fue una de las formas que tuvo durante sus 36 años en el Instituto Nacional para incentivar a los alumnos a estudiar. Y casi como el calentamiento de los broker de Wall Street, preguntaba: "¿Cuál es el lema del curso?". Y los niños, con las manos empuñadas y los brazos arriba, gritaban: "¡850 puntos!".

Les decía "idiotas", "ratón miserable", "mugriento". Y les hablaba de libertad: "Quiero que entres a la minoría selecta, que tengas libertad de elegir dónde vivirás, el Mercedes debe ser tuyo, tus hijos tienen que ir a buenos colegios... ¿Cómo lo consigues? Mediante una fortuna. ¿Cómo llega la fortuna?, siendo excepcional".

Por montones a Ingeniería

Su controvertido estilo —lo mínimo que grupos que vivieron sus clases han dicho de Aguayo en redes sociales es que es "clasista", "fascista" y "misógino"— tuvo, sin embargo, importantes logros: en un solo cuarto medio logró cinco puntajes nacionales en matemáticas. En cambio, en la PSU 2016, el Instituto sacó en total ocho y salió de la lista de los con mejores resultados.

"Mis alumnos entraban por montones a Ingeniería en la Chile", asegura. Por eso, se transformó en un ícono y muchos lo consideran el mejor profesor que pudo tocarles. Otros, aún no le dan tregua.

Dice que el 2012 "me jubilaron. Quisieron cambiar a los profesores viejos... El Instituto antes se nutría de profesores sacados de los mejores colegios, ahora los que llegan no son de primera línea, sino que predomina la política partidista y no han logrado ser autoridad".

Cuenta que una escena que le chocó fue ver a una profesora sentada en el suelo tocando guitarra con los alumnos. Su diagnóstico: "Promociones completas resultaron perjudicadas".

Para él, el fenómeno comenzó el año 2010, "y de ahí el Instituto Nacional se fue en picada. Lo están destruyendo".

A lo que él llama "politización izquierdista" agrega otras razones: "Hay un montón de cosas que han venido fallando. Los programas de estudio se reducen cada vez más, no puede haber por curso más de 30% de rojos y no se puede suspender ni reubicar a alumnos que no rinden, no cumplen el reglamento o son mentirosos y tramposos".

Admirador de Pinochet

En el Instituto todos sabían que era admirador de Augusto Pinochet y los militares. Él dice, sin embargo, que nunca le importó si un alumno era de derecha o izquierda, "siempre que supieran de lo que hablaban".

—¿Y los anarquistas?

—Esos conmigo se esconden.

"Yo debo ser muy malo. Me asomaba a un pasillo y desaparecían todos, sabían que conmigo no podían jugar. Y hacía la siguiente barbaridad: en las pruebas me iba de la sala y mandaba a un alumno más grande a espiar... y ¡nadie copiaba! Sabían que al que pillara lo iba a liquidar, que iba a comenzar a irle mal en todos los ramos. Me decían: ‘Es que usted tiene muchos amigos entre los profesores'".

En las tomas, dice, los alumnos hasta lo dejaban pasar para hacer clases.

Belfor el bueno

"En la dirección conocían mi carácter. Yo me respaldaba con la calidad del trabajo, en mi línea de conducta y decenas de puntajes nacionales... ¡Y ahora dicen que sacar ocho (puntajes nacionales) está bien!", se enoja.

Cuenta que aún ex estudiantes lo saludan en la calle. De varios se acuerda porque fueron al "viaje de instrucción".

"Íbamos siempre de paseo. A Conguillío, Chuquicamata, Petrohué... Acampábamos, hacíamos fogatas, contábamos chistes, mirábamos el cielo". Les mostraba las constelaciones, identificaban insectos, fabricaban mapas, medían distancias con teodolitos caseros que él les enseñaba a hacer. "Yo tenía un cariño paternal por los niños. Quise enseñarles a ser buenos hombres, un aporte para el país. Escribí a mano muchas guías de matemáticas para ellos... Repetía las pruebas cuando un joven excelente había tenido un verdadero problema para estudiar".

"Yo estoy para enseñar. Cuando me vaya cortado, viviré en mis alumnos. Ellos son mi pasaje a la inmortalidad. Educar es preparar para el mundo en todas sus áreas: trabajo, matrimonio, en su condición de consumidor, de productor. El capital tengo que traspasarlo. Quiero que mis alumnos entren a la minoría selecta, que hagan plata, de ahí la dureza. Tienen que andar bien vestidos, hablar bien".

—¿Se considera exitoso, en los términos que enseñó a sus alumnos?

—El valor del dinero no lo mido en lo personal, sino en lo colectivo. Yo tengo lo necesario para vivir como yo quiero.

Con cinco hijas, varios nietos y dos bisnietos, a sus casi 80 años, Aguayo, sin embargo, reflexiona: "Creo que en verdad yo soy tonto. Si fuera inteligente tendría más y mejores amigos, una casa con una mujer e hijos junto a mí... Y vivo solo".

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