Miércoles 23 de Noviembre de 2016

Sociedad

"En 1724, el artículo 19 del reglamento del colegio de San Francisco Javier prohibía las entretenciones de envite y azar ‘fuera de los permitidos en el colegio y a éstos no pondrán dinero sino estampas, aves marías u otras cosas devotas'".

Con el desarrollo de la Colonia fueron populares juegos como el treinta por fuerza, la malilla, la brisca, la pandorga, el gallo, el julepe, el triunfo, el siete alegre, la pichanga y el infantil "p-t- sucio", como es descrito por Eugenio Pereira Salas en Juegos y alegrías coloniales en Chile (Zig-Zag, 1947). Pero, para jugar cartas primero había que producirlas.

Los libros de la Tesorería de 1653 registran que Concepción era el "principal centro de consumo de los naipes", con 2.500 barajas vendidas en el año. Santiago figuraba bien atrás, con solo 1.095. La Real Audiencia, advertida del explosivo crecimiento de este juego, controló la impresión de las cartas entre 1652 y 1698.

Varios años después, con la llegada de la imprenta al país, vino el estanco de naipes, que fue suprimido en el gobierno de Bernardo O'Higgins.

Hasta la camisa

En 1770 las autoridades nuevamente se referían al problema de las apuestas. Un bando ordenaba que "en las canchas de bolos no se jueguen dados, ni otros de envite, pena de doscientos azotes a los que contravinieren siendo plebeyos, seis años de destierro siendo españoles y a mi arbitrio si fuere de calidad, entendiéndose la misma pena con el canchero, bochero, o dueño de casa, que permitiese los expresados juegos".

Los juegos de azar se diferencian con los de envite en que en los primeros el resultado no depende de la habilidad o destreza de los jugadores, sino exclusivamente de la suerte (como en los raspes o en la lotería).

Los de envite, en cambio, son aquellos en los que se apuesta en una jugada determinada (como en los naipes). La palabra envite, según la Real Academia Española, significa "ofrecimiento de una cosa", por lo que estos juegos pueden hacer referencia simplemente a las apuestas.

Hacia 1822, la viajera inglesa Mary Graham dio cuenta, en "Diario de mi residencia en Chile", de la popularidad de los bolos: "Este es el juego favorito y tengo la seguridad de que no hay peón de la vecindad que no haya perdido y ganado alternativamente, no solo todo su dinero, sino hasta la camisa, por lo menos media docena de veces al año, en este juego".

En las canchas de bolos convivían también los juegos de azar, los naipes y los dados. La historia registra diversos hechos de sangre acaecidos en estos lugares donde el alcohol no podía faltar. Por ejemplo, en febrero de 1877 ocurrió un asesinato entre conocidos que tomaban chicha en una cancha de la capital.

En la cancha se

ven los gallos

Hacia fines del siglo XVIII las peleas de gallos eran un juego muy popular. Según Eugenio Pereira Salas, en 1773 asistían más de cuatrocientas personas a las funciones de la cancha de gallos de Santiago. En 1808 fueron suprimidas por un decreto hasta que Francisco Antonio García Carrasco, el último gobernador de la Colonia, se encargó de restablecer su legalidad.

Él mismo "se ocupaba de criar gallos, hacerlos reñir y cortarles la cabeza cuando eran vencidos".

Una experiencia religiosa

La Iglesia Católica posee un vasto itinerario de oposición y condenas a los juegos de apuesta.

Una de sus manifestaciones más remotas fue la calificación de la chueca como una actividad herética, porque los mapuches hacían "muchas idolatrías, invocando al demonio la noche antes y hablando con él y ofreciéndole cosas para que les haga ganar, usando de muchas ceremonias diabólicas con la bola con que han de jugar, y adorando y reverenciando al demonio con reverencia solo debida a Dios; y hacen grandes borracheras hombres y mujeres, donde cometen pecados, gravísimos pecados de lujuria, como gente sin juicio y gobernadas por el demonio, y suelen matarse unos a otros".

En 1724, el artículo 19 del reglamento del colegio de San Francisco Javier prohibía las entretenciones de envite y azar "fuera de los permitidos en el colegio y a éstos no pondrán dinero sino estampas, aves marías u otras cosas devotas". Pero el problema podría ser peor.

A mediados del siglo XIX, las autoridades clericales dispusieron la pena de excomunión a quien "jugare como está al mandado más de cincuenta áureos".

Inventario de prohibiciones

Durante la Colonia, diversas reales cédulas —recogidas por el historiador argentino José Miguel Torre Revello— apuntaron a erradicar el juego. Entre las acciones prohibidas estaban, entre otras, la práctica de los juegos de banca o faraón, baceta, carteta, banca fallida o sacanete, además de todos los de naipes. En 1788, siendo gobernador de Chile, Ambrosio O'Higgins intentó vetar los juegos a través de su "Bando de Buen Gobierno". Pero en la recta provincia los hábitos no cambiaban por decreto.

(…)

Luego del emblemático triunfo de la Batalla de Maipú, la nación independiente comenzó a definir sus prioridades. Bernardo O'Higgins Riquelme decretó, el 7 de mayo de 1819, la prohibición total de los juegos de envite, aduciendo que "son ya repetidas las quejas que se me han dado sobre el desórden con que se permiten los juegos de en vite en varias casas particulares, i aun en los cafees públicos. En las primeras se pierden crecidas sumas de dinero, de que resulta la ruina de varias familias: i en los segundos se atraviesan tambien cantidades desproporcionadas a las facultades de los concurrentes" (…).

Los juegos de azar y envite

Con el triunfo del bando independentista comenzaron a escribirse nuevas historias. Además de los problemas de orden público que acarrearon los juegos de apuesta, hubo registros de juego patológico desde los años más tempranos.

(…) La historiadora Marisol Martínez Muñoz plantea en su tesis de grado que el auge de los juegos de azar desde el siglo XVIII se explica por el desarraigo, producto de empleos estacionales, los salarios precarios y las formas marginales de sostenimiento que permitieron que el juego se convirtiera en una especie de trabajo para subsistir.

La investigación de Martínez menciona algunas maulas o fullerías comunes durante los siglos XVIII y XIX, de las que la prensa de la época también dio cuenta, registrando la detención de sujetos que portaban monedas falsas con las que adquirían especies o las usaban para jugar.

Lo mismo ocurría con los naipes. Recaredo Santos Tornero publicó en el París de 1872 su Chile Ilustrado, obra en la que relató: "El peón no reconoce mas goce que el juego de naipes i el licor. Todo cuanto gana lo prodiga sin piedad en asquerosas orjias, en las que ha de quedar completamente ébrio. Su carácter es pacifico i humilde cuando goza de todos sus sentidos, pero cuando el licor perturba su cerebro, se hace pendenciero i camorrista, echando a menudo mano al cuchillo que algunos acostumbran llevar en la faja. Los partes de policia confirman lo que decimos: de cada 100 detenidos, la mitad lo son por ébrios i una cuarta parte por pendencia".

Boliches y garitos

El espacio para apostar fue mutando a través de la historia. Desde el siglo XIX se registra el funcionamiento de los garitos. Estos centros clandestinos estaban ubicados dentro de pensiones, boliches, cafés, billares o fondas. En ellos se reunían jugadores de diversas edades y clases sociales.

Los antecesores de los casinos poseían una estructura jerárquica que operaba así: los gariteros, dueños del local, contrataban a los talladores, quienes retiraban la comisión de la casa por cada apuesta.

Otro empleado común era el loro, quien se ubicaba en la puerta del local para advertir a los jugadores de la presencia de serenos, agentes o policías. En caso de ser descubiertos, la actitud de los jugadores era la misma que registró Hernán Cortés: "Toman la determinación de jurar a que no jugaban a juegos de los prohibidos y es público que muchas personas jugadoras tener hecho juramento acerca de no decir la verdad en los juramentos que les tomaren".

La evolución del juego en los garitos derivó en casinos clandestinos que incluso contaban con fichas cambiables en dinero. Al llegar el siglo XX el oficio de tallador dio paso al de crupier.

Las autoridades, complicadas con el problema, facultaron a la policía para allanar y descerrajar cualquier lugar sospechoso. La orden era clara: ubicar y detener a todo el que se encontrara en su interior, estuviese o no jugando.

La presencia de garitos se mantuvo con fuerza en los extremos del país hasta bien entrado el siglo XX. De ello da cuenta un proceso ejecutado en Arica en 1928: "Para comprobar en forma precisa la estabilidad de un garito hoy día, es imposible obtenerlo, porque dichos individuos se valen de todos los medios a fin de lograr la impunidad, y lo efectúan en mesas no destinadas al objeto".

No es casual que el segundo casino de juegos del país fuera instalado, en 1960, en esa ciudad.

Fina estampa

"Hombres de clase" también figuran como apostadores en los archivos judiciales de diversas regiones de Chile.

En Copiapó, a mediados del siglo XIX, circulaba el rumor de que el intendente, Juan Melgarejo, le habría ganado 30 mil pesos al gobernador José María Montt. La respuesta de los tribunales fue elocuente: "Siendo tan falso el que hayan jugado, que cree que ni siquiera se ha pensado tal cosa, ni aún por puro entretenimiento han tenido juego de ninguna clace".

Un poco más al sur, en la capital, estaba el negocio de Francisco Matte en que se vendían géneros y tabaco. El locatario fue acusado en diversas ocasiones de ganar en colusión con dos tahúres desde las "diez de la noche hasta el amanecer".

Un jugador señaló durante el proceso, en 1781: "Cuando lo amenacé con demandarlo, me dijo que hiciera lo que quisiese, que plata tiene para defenderse".

En la década de 1880, el regidor santiaguino José Ramón Ballesteros inmortalizó su preocupación por la transversalidad de este vicio: "Es también digna de la mayor atención otra clase de juego que regularmente es la banca que fomentan las gentes de mayor clase, en que no solo se aventuran crecidas sumas entre pudientes y no pudientes, sino que, generalmente, se usa en ellos de mala fe, no omitiéndose fullería ni toda aquella especie de engaños que se les asegure su ganancia a los tahúres o más expertos contra los incautos o menos instruídos, habiendo casas en que se consienten por el interés de la que se llama coima o gratificación que dejan los gananciosos a las señoritas o dueñas de casa".

Diversos documentos dan cuenta de que los trabajadores jugaban naipes durante sus jornadas laborales. Las apuestas se mezclaban a menudo con el trabajo.

No vayáis jamás a una casa de juego

Pero el juego no era solo un problema de adultos.

En 1865 un artículo del periódico El Porvenir, de San Fernando, hacía notar la preocupación por "los niños i los criados. Constantemente los vemos por largas horas, en grandes grupos detenidos en las calles jugando a las chapas, nombre que le han dado a la mas torpe entretension que han inventado a perjuicio de las monedas de cobre. Sin tomar en cuenta la desmoralizacion que de ello pueda resultarles aprendiendo vicios cuya pasion puede conducirlos a costumbres funestas, basta saber que los unos no van a las escuelas, o no llegan a sus casas a las horas debidas, i los otros desordenan i pervierten el servicio para que estan concertados".

También hubo recomendaciones pensando en el bienestar de las mujeres. El diario La Juventud, de San Fernando, les advertía en 1873 que "el jugador lo olvida todo. Tiene esposa i le vuelve la espalda. Tiene hijos i mui poco le importan a él los deberes de la paternidad. Es hombre de negocios, i descuida con frecuencia sus mas altas obligaciones. Ciego, arrebatado por la pasion que lo domina, i en continua ocupacion febril, el jugador en completo olvido de todo lo que le rodea, solo va de ilusion en ilusion persiguiendo un golpe de suerte que satisfaga la pasajera ambicion que lo devora (...) I no se crea que hai mucho colorido en el cuadro que describimos, no: la pasion de que nos ocupamos, no solamente ha arruinado a familias enteras, sino que ha conducido a los hombres hasta el suicidio. El juego es un abismo sin fondo; i el que se deja dominar por esta tendencia, rara vez se sobrepone a ella".

"Si todos los hombres fueran naipes, el amaría a su prójimo como a sí mismo. Jóvenes dignos, ¡corazones puros! No vayáis jamás a una casa de juego porque arruinareis vuestra salud haciendo dia de la noche i de la noche dia, arruinareis vuestro honor perdiendo la verguenza i la dignidad (...) I vosotras, hermosas niñas, ánjeles celestiales que cruzais este mundo, ántes de dar vuestro amor a un hombre, exijid de él que nunca juegue; porque si lo hace, en poco tiempo os olvidará por una sota o un caballo i sereis a sus ojos un obstáculo que deseará con toda su alma ver desaparecer", aconsejaba otro periódico, La Estrella de Chile, en 1867.

VOLVER SIGUIENTE