Viernes 21 de Octubre de 2016

Pablo Ortúzar, director de investigación de IES Chile:

“Una élite inculta no tiene herramientas para entender lo que está pasando”

Antropólogo social lanza mañana, en Filsa, su libro "El poder del poder", una "observación teórica" para mirar desde fuera los fenómenos que vivimos.

Por Marialí Bofill

Hay un ascenso de los nacionalismos. Pensar que aquí no va a pasar nada es de una ingenuidad absurda".

"El poder del poder" es el libro que Pablo Ortúzar, antropólogo social de la U. de Chile, presentará mañana en Filsa 2016. El ex vicepresidente del centro de alumnos del Ciencias Sociales durante la revolución pingüina busca entregar un punto de "observación teórico para poder mirar desde afuera el fenómeno que estamos viviendo".

Su inicio es el libro "El fin del poder" (2013), en el cual el venezolano Moisés Naím muestra, a juicio de Ortúzar, lo brillante que es en cuanto a la cantidad de información que da y su sistematización, pero que se queda sin herramientas al mostrar hacia dónde puede ir esta crisis.

—A diferencia de Naím, usted hace una distinción entre poder y autoridad.

—El poder es un hecho bien bruto, es la capacidad de obligar a otro, y el problema hoy no es de poder; en la actualidad los ejércitos y los estados son más poderosos que nunca. El punto es más bien de autoridad, porque el poder, para ser legítimo, requiere autoridad.

—¿Por qué se llega a esta crisis?

—Naím es muy claro en mostrar las enormes transformaciones que está experimentando el mundo: como nunca en la historia, hoy viven juntas varias generaciones y muy educadas; las comunicaciones y la globalización son potentísimas y, por lo tanto, hay varios elementos capaces de generar ese desorden.

—¿Nosotros no tenemos ningún factor protector?

—El peso de la noche, como decía Portales, es que el mundo tiene su propia inercia y Chile es un país bastante ordenado. Por lo tanto, el grado de inercia de ese orden también es mayor acá. Pero se ha ido resquebrajando.

—¿Cuáles son los efectos de ese "bastante ordenados"?

—Habría que mirar cómo han reaccionado las élites económicas a la crisis, en general tienen un poco más de sensibilidad sobre lo que pasa, aunque tampoco es muy claro su plan de adaptación. El mundo político, en cambio, está desconcertado por completo: son personas en un bote que sienten que se está hundiendo, pero como quieren hundir al del frente, se hunden juntas.

—¿Y las élites sociales?

—Para poder reaccionar a este tipo de fenómenos es muy importante un nivel cultural más o menos desarrollado, que permita mirar en perspectiva, tener algún grado de vínculo con lo que está pasando, y la élite chilena —que ha hecho un gran esfuerzo por aislarse—, hoy está totalmente desconcertada, sin los elementos mínimos para poder reaccionar.

—¿Cómo ha sido ese gran esfuerzo por aislarse?

—Geográfico al esconderse en la cordillera, eso es urbanísticamente evidente. Y la pérdida de formación cultural es brutal, una élite inculta no tiene herramientas para entender lo que está pasando: se han vuelto consumidores de teorías conspirativas, como ese libro ("El engaño populista") de Axel Kaiser con una cientista política guatemalteca, Gloria Alvarez, que viene a decir que el gran problema es el Estado y el populismo, agitando los cucos que le gustan a la clase alta, pero que es de un nivel cultural miserable.

—¿Cómo se sale de todo esto?

—Históricamente, se ha salido de las épocas de crisis social a través de la violencia y eso debiera preocupar a las personas que están a cargo. ¿Qué tendríamos que hacer? Buscar una rehabilitación de lo sagrado (como algo incuestionable) que no sea mediante la violencia sacrificial, que consiste en que cuando estamos en problemas le echamos la culpa a alguien y lo sacrificamos para atribuirle todos los males y así poder reconciliarnos: como Trump con los mexicanos.

—Es decir, un chivo expiatorio.

—Sí. Y la pregunta es si podemos reconstruir el orden sin chivos expiatorios o sin inventarlos, y para eso es muy importante que Chile recupere sus prioridades. Vivimos en la ilusión de que tenemos un orden sin víctimas, donde todos caben, pero lo que se está empezando a ver es que la violencia de esta sociedad en contra de las mujeres, los niños —el tema del Sename es brutal— es contra el ser humano. Este es un orden que sí tiene víctimas, no necesita inventarlas. Y en política siempre se actúa en nombre de algo.

—¿En nombre de quién se ha estado actuando aquí?

—Los 20 años de orden de la Concertación han sido en nombre de las víctimas de la dictadura. Pero esa fuente hoy está agotada, los que la tratan de usar se ven un poco ridículos.

—La derecha también ha estado en el poder.

—Uno podría decir que el gobierno de Piñera es el quinto gobierno de la Concertación porque, en términos de fuentes de legitimidad, tuvo que usar las mismas de la Concertación. Y es tan fuerte eso, que terminó apelando a las mismas víctimas de la dictadura cuando habló de cómplices pasivos. El problema es que cuando las víctimas se vuelven de consenso, desaparece su eficacia simbólica.

Alerta de violencia

—¿Cuándo habla de violencia, a qué se refiere específicamente?

—En las épocas de disturbio social grave, estoy hablando de asesinatos, persecuciones.

—¿El mundo está en eso?

—Sí, los países están construyendo murallas, dando discursos xenófobos en contra de la migración, hay un ascenso de los nacionalismos. Pensar que aquí no va a pasar nada porque estamos muy lejos es de una ingenuidad absurda.

—¿En qué etapa estamos?

—Es difícil saber. Sí podemos ver que los discursos sobre las víctimas sacrificiales ya están dando vuelta: Parisi ganó muchos votos en el norte hablando contra los inmigrantes; meter a la cárcel a personajes de la clase alta que, en realidad, no representan un peligro para la sociedad, es un rito sacrificial.

—¿Es posible una solución no violenta?

—Hay figuras que logran unir a los pueblos como Aylwin o Mandela. Son muy pocos los casos, pero existen. También hay otras condiciones que hacen más improbable una violencia desatada a la vuelta de la esquina en Chile: somos un país demográficamente envejecido y en los países que tienen revueltas violentas hay una preeminencia de la juventud; con una clase media enorme que, por naturaleza, es muy conservadora. No vamos a ver una violencia africana; sí se puede llegar a una situación de desorden y crisis moral como a la que entró España. Ese es el peligro más claro que vive Chile hoy.

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