Viernes 2 de Septiembre de 2016

El taller, en primera persona

Remembranza de Mariana Callejas

Un club literario en una mansión de Lo Curro que, en realidad, era un cuartel de la Dina. Dirigido, además, por una talentosa mujer que, luego se sabría, era una agente implicada en la muerte de Carlos Prats, Orlando Letelier y Carmelo Soria. Esa es la historia de la mujer de Michael Townley, que alimentaría obras de ficción como "Nocturno de Chile", de Roberto Bolaño y "Las orquídeas negras de Mariana Callejas o «El centro cultural de la Dina»)", de Pedro Lemebel, incluida en "De perlas y cicatrices". Es que en esa casa, cuyo esplendor duró entre 1976 y 1978, circuló toda la farándula literaria, desde Enrique Lafourcade a Nicanor Parra (según testifica Callejas) y tres escritores jóvenes que destacarían en los años posteriores: Carlos Franz, Gonzalo Contreras y Carlos Iturra, quien ahora la recuerda.Por Juan Carlos Ramírez F.

Por Carlos Iturra

En Hitler y Stalin el lado oculto de la luna estaba a la vista: si Mariana lo tuvo, no soy quién para negarlo ni afirmarlo" Carlos Iturra

Mucho temo que a mí ya se me ha hecho demasiado tarde para renegar de Mariana Callejas, pero hay una razón más poderosa todavía que el paso del tiempo y la cancerosa hipertrofia de la leyenda: no solo la convicción de que intentar sacudirse aquella amistad, pese a cuanta evidencia existe y aparecerá en adelante, resulta más contraproducente que reconocerla, y en cualquier caso infructuoso, sino sobre todo el hecho de que fue, en efecto, una querida amiga de quien guardo exclusivamente buenos recuerdos.

Inteligentísima, ingeniosa, generosa, amable y afable, jamás la vi enojada, jamás la oí siquiera hablar mal de quienes debían hablar bien de ella y hacían lo contrario: no digamos guardarle gratitud, pero siquiera guardar silencio. Por otra parte, nadie que lea uno solo de sus cuentos dejará de comprobar, si está a salvo del odio político y de cadenas ideológicas, que escribió con maestría, y que indudablemente era, como dijo Lafourcade, una "cuentista químicamente pura": una escritora genuina, intrínseca y esencialmente escritora.

He relatado con exactitud, bajo el título de "Caída en desgracia" —incluido en "Crimen y perdón", cuyo nivel de fantasía tiende a cero—, lo que fueron para mí y muchos más aquellas sesiones literarias en Lo Curro y aquellas "fiestas" que en nada diferían de las fiestas de cualquier grupo de amigos, conocidos y eventualmente sus parejas, con algo de trago, algo de música, algo de baile, uno que otro "pito" –solo una vez, recuerdo, alguien llevó una mínima ración de coca…, y eso fue lo más "ilegal" que me tocó presenciar.

En ese cuento, al que remito al lector que desee detalles, la ficción radica de manera casi exclusiva en los nombres, porque —y este es uno de más míseros obstáculos para refutar la infinidad de errores o de mentiras francamente malintencionadas echadas a rodar en perjuicio de un mínimo de honestidad—, ¿quién se anima a dar los nombres verdaderos de todos aquellos que tanto disfrutaron en aquellas veladas, sin aparecer como "delator", quién se anima a desmentir a sus colegas escritores cuando tergiversan, ocultan, callan o niegan una convivencia que a uno le consta y de la cual podría incluso dar pruebas? Si no se hace esto, si yo mismo no lo hago, es menos por las represalias que por la certeza de lo inútil que sería, dado que un texto con todas esas verdades sería enviado, como en buena medida hemos sido enviados algunos de los que ahí estuvimos, al más perfecto ostracismo, bien envueltos en capas de inexpugnable silencio.

No hubo víctima de ostracismo y silencio tales al punto que lo fue la propia Mariana, posiblemente la mejor narradora de su época, diestra en una prosa de máxima precisión, economía insuperable, argumentos asombrosos y estremecedoramente emotiva, a quien, ignoro con cuánta justicia o injusticia, se le "cortaron las alas", según ella misma. Y si afirmo que ignoro con cuánta in/justicia, es porque nunca tuve ni he llegado a tener certeza alguna de sus presuntas actividades ilícitas, por varias razones. Desde luego, si Mariana fue agente "secreto" mal cabría esperar que lo hiciera público –ni lo admitiera ante sus amistades, ni en el confesionario siquiera. Y como amigo suyo, algo que no me habría permitido a mí mismo es arrogarme la facultad de interrogarla: jamás le pregunté acerca de las acusaciones que recibía, porque habría sido una grosera falta de tacto y delicadeza para con una amiga que más bien necesitaba, y merecía, apoyo en horas difíciles, en tanto que ella, si me habló motu proprio al respecto, fue llamándolas falsedades. Se dirá que la Justicia le atribuyó tales y cuales delitos, y no dejo de tener en cuenta ese factor —¡cómo podría no constarme, si la visité, llevándole de regalo una rosa blanca, cuando estuvo un tiempo en la cárcel!—, pero quién hoy en día y desde hace ya cuántos años no duda de nuestra judicatura, quién ha dejado de ver con triste frecuencia que la justicia suele disfrazar la venganza, quién, por último, podría entender la amistad como el derecho a ser juez y sentenciador del amigo…

La posteridad, en cambio, es ecléctica, y de ella es esperable mucho más que de los contemporáneos. Imposible pronosticar cuántas décadas han de transcurrir antes de que estos hechos puedan apreciarse sin la inquina que hoy despiertan en tantos "comunicadores" entregados en cuerpo y alma a la mentira y el proselitismo político-ideológico y que han conseguido vender su abominable mercancía bajo el rótulo de "investigaciones…" o de "la verdadera verdad sobre…". Pero de lo que no puede caber duda alguna es de que ese día llegará: habrá estudiosos neutrales, libres de otro propósito que no sea el de conocer el pasado, y que rescatarán la obra de Mariana Callejas, incapaces de impugnar en ella un talento superior es más, ahora mismo existen tales espíritus en escritores que se hallan lejos de compartir el pensamiento que por entonces todos compartíamos. Porque esto sí puedo asegurarlo: de política hablábamos poco —y nada en nuestra literatura, al menos yo no en la mía—, pues ese poco nos dejaba claro que quienes siempre somos nombrados junto a Mariana, pensábamos lo mismo sobre el acontecer público –del que nos enterábamos gracias a la prensa.

Los cuatro, y más, nos conocimos siendo "Juntistas", y solo el correr del tiempo fue bifurcando los senderos. Con la gente de izquierda que también participaba, comunistas incluso, el tema no era tema, con una que otra excepción, como algunos debates de los que tengo recuerdo, ya en la casa de Mariana, ya en cierto bar bohemio de Alameda, entre Estado y Ahumada, ya en peñas folclóricas a las que de repente partíamos en masa, por así decir —como la de los Parra, calle Carmen al sur—, ya incluso en "Las burbujas", bar gay de Suecia con Providencia, más adelante convertido en el "Fausto". Muchas de esas "partidas" eran pequeñas caravanas de autos, encabezados por el de Mariana, en los que, más o menos apretujados, o conversábamos de literatura o sencillamente chacoteábamos. Terminaba la parte "taller" y las señoras se largaban a cenar en sus hogares, pero permanecía o llegaba una abigarrada juventud para la parte "jarana", abundante de Rebecas, Angélicas, Marinas, Francescas, Pías, Emilios, Rodrigos, Jorges, Glorias, Armandos, Verónicas… —no nos tratábamos por los apellidos, naturalmente, pero los implicados los recordamos, ni siempre asistían todos juntos—, amigos o compañeros de universidad de Contreras, Franz o míos. Éramos jóvenes, al principio en torno a los dieciocho años, o sea no menos grandecitos que los enviados en las guerras al frente de batalla; pero también éramos demasiados como para que ninguna especie de torturadores asesinos fuera tan imbécil que eligiera perpetrar sus fechorías con nosotros ahí, algo solo posible en las mentes de cuenteros difamadores o teatreras infames; y la casa…, sin una puerta cerrada que no traspusiéramos libremente para pasearla de arriba abajo o en busca de rincones donde derrumbarnos rendidos al amanecer.

En aquellos tiempos en los que la Guerra Fría alcanzaba su paroxismo y las dos potencias que se disputaban el mundo echaban mano a cualquier recurso, tal como hacían sus respectivos secuaces en toda la redondez del globo, los DDHH estaban bien lejos de tener su actual preponderancia. La información disponible sobre sus violaciones era nula o insignificante. Y que esto no parezca excusa: en lo personal nada tengo de qué excusarme; únicamente con la peor de las voluntades o con maldad oligofrénica puede pretenderse que el hecho de ser intelectuales tenía que volvernos adivinos.

Solo quiero explicar, para quienes no lo vivieron ni lo hayan visto así, que tales eran las circunstancias en que Mariana brindaba su hospitalidad generosa y sencilla para que escribiéramos y leyéramos, para el debate intelectual, que era lo más frecuente, y para que pasáramos buenos ratos de camaradería. La propia Mariana me contó una vez que uno de nosotros le había dicho "Tú nos hiciste mucho daño". Palabras crueles que yo no habría pronunciado, pero con las que sin embargo hoy día concuerdo. Nos hizo daño, sin haberlo pretendido, y a duras penas alguien se habrá librado de él aun poniéndose a la sombra de algún protector de alto vuelo, porque el sambenito que cargamos aspira a invalidar el trabajo literario serio y denodado que hemos erigido, en mi caso, con doce libros publicados e infinidad de crónicas y ensayos. Así y todo, críticos y jurados de izquierda han sabido reconocerlo con elogios y premios, lo que a su vez los hace a ellos doblemente merecedores de respeto.

Prever ese "daño" explica asimismo que, destapada la olla sobre Michael Townley, se desencadenara una estampida de la que no fui parte, no sé si por falta de cálculo político o porque primaron en mí el cariño y la amistad. No atribuyo valor moral a esta actitud, ni el de la lealtad ni cualquier otro: simplemente no ven momento alguno por qué tendrían que enfriar mi relación con Mariana las andanzas de su marido. Ella era una sensible, talentosa, generosa persona, y aunque también Hitler pintaba hermosas acuarelas y Stalin escribía comentarios de ópera, en ellos el lado oculto de la luna estaba a la vista: si Mariana lo tuvo, no soy quién para negarlo ni afirmarlo. Ni me importa. Ni me importó. Cada cual tiene el suyo.

De esta forma, mi remembranza de la Callejas es la de una persona excepcional como amiga y óptima como escritora. Serena, dulce, valiente, brillante, vio cortadas sus alas, es cierto, pero nada más: nunca se echó a morir, hizo amistades nuevas, talleres y fiestas siguieron por años y ya más que octogenaria dejó este bajo mundo bien protegida por el amor de sus hijos. En cuanto a su obra, basta con que espere.

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