Martes 8 de Septiembre de 2015

Crisis VIII: La nación

Hugo Eduardo Herrera

"Salvo en momentos más bien excepcionales –telúricos o futbolísticos–, el modo usual de vivir del país es el de una dispersión".

El desajuste de nuestro tiempo, la crisis por la que pasa el país, tiene que ver también con las pulsiones y anhelos populares, con el factor nacional.

La nación chilena no es ciertamente un todo homogéneo. Algo así es imposible en un país mestizo. Sin embargo, tampoco es una mera diversidad, una aglomeración carente de significado, una palabra sin contenido. El pueblo no se diluye en individuos separados. Es, en cambio, una conformación de factores étnicos, culturales, lingüísticos, históricos y territoriales que determinan una manera de ser. Es una manera de ser no acabada, dúctil, cambiante, pero discernible.

De ella, de sus características y potencial, ha de hacerse cargo la política. Sin un saber de lo popular y concreto, las políticas públicas fracasan, por abstractas, y las decisiones devienen injustas, por inadecuadas a la situación. Ese modo de existencia en común, que es el pueblo o nación, requiere ser conocido y cultivado; de su talante y su cohesión dependen vías y opciones de llevar adelante las grandes tareas del país.

Respecto de nuestra nación o pueblo, el desafío que nos pone el momento presente es doble. De un lado, el de la integración de la nación consigo misma. Parte fundamental de la actual crisis se debe a la pérdida de confianza y cercanía entre nuestros compatriotas. Diferencias económicas y culturales demasiado acentuadas, así como el centralismo y la segregación en nuestras grandes ciudades, han ido produciendo una desintegración nacional. Los chilenos tienen pocos lugares en los que encontrarse. Salvo en momentos más bien excepcionales –telúricos o futbolísticos–, el modo usual de vivir del país es el de una dispersión.

Reforzar la educación y la cultura nacional, así como la participación ciudadana, bajo condiciones mínimas y razonables, en la vida económica y política, son los pasos iniciales de una operación de integración de la que recién cabrá esperar una superación de la desconfianza.

Además de una nación integrada consigo misma, es relevante que el pueblo se integre a su paisaje. La tierra no es mera materia, sino una totalidad vital provista de sentido. El paisaje importa estética. Nuestra existencia transcurre en las diversas conformaciones que le damos al paisaje. De las maneras en las que se conforma el espacio que habita la nación, si concentrándose en ciudades hacinadas o repartiéndose armónicamente por su territorio; en ambientes amables, con parques y enlazados al medio natural o, en cambio, en urbanizaciones sin espacios comunes suficientes; en edificaciones dotadas de gracia y hermosura o puramente funcionales; en vecindarios bien equipados, con una vida común intensa o en barrios-dormitorio, depende, en una parte fundamental, la felicidad humana en la tierra.

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