Viernes 24 de Julio de 2015

Las confesiones de Camilo Marks:

“Tomo cualquier cantidad de pastillas y estoy en terapia hace diez años”

Este abogado, escritor y temido crítico literario no habla aquí de literatura, sino de sus cuitas existenciales, las que revelará pronto en su autobiografía. Para armar una reseña de su vida, parte recordando a su madre española.

Por Ximena Torres Cautivo

Dávalos es un fresco, un sinvergüenza, pero la frescura no es delito, lo digo como abogado".

Tal como se espera de un profesional de la defensa de los derechos humanos, el abogado, escritor y crítico literario Camilo Marks (67) abomina de la pena de muerte, salvo "en el caso de los que hacen cine en Chile".

A esos les aplicaría la inyección letal sin dilación, dice con el humor corrosivo que lo caracteriza. "Hay algo en el cine chileno que es feo. Son malos los guiones, feos los actores. Para qué tantas escenas de cachas, perdonando la expresión, aunque aplica dada la sordidez que les gusta mostrar a las películas nacionales. Y no es que yo esté diciendo que sólo los bellos pueden pegarse un polvo cinematográfico, no". Llegamos al tema por la serie televisiva "Ecos del Desierto", que recrea la historia de su gran amiga y compañera de universidad, Carmen Hertz, y Carlos Berger, su marido asesinado por la Caravana de la Muerte.

"Al menos ahí al final sale la Carmen. Esa serie, "Los 80", "Los Archivos del Cardenal" tienen el mérito de contarles a las nuevas generaciones qué pasó en Chile, pero se quedan en la anécdota y no dejan claro que lo que se vivió fue un genocidio, una política sistemática de exterminio", comenta, satisfecho de que "la justicia tarda pero llega, como vemos ahora con uno de crímenes más atroces de la dictadura en los 80, el caso Quemados".

Marks, cuyo apellido paterno de origen francés perdió su grafía original -Marcqes-, ahora suena igual que Marx, lo que combina con su izquierdismo. El marxismo, sin embargo, le viene por su madre Loreto Alonso, sexta hija de un diputado español comunista que escapó de la dictadura de Primo de Rivera y llegó a Chile en 1940 con su familia, tras vivir en Francia. "Mi mamá hablaba tres idiomas así es que no le costó encontrar pega. Entró al diario El Siglo y fue secretaria de Volodia Teitelboim, que estaba enamorado de ella. Es que fue estupenda hasta el día de su muerte. Nunca militó en ningún partido, pero estaba a la izquierda del MIR. ¡Era una acérrima upelienta!".

Camilo dice que ella lo influenciaba a él y él la influenciaba a ella en sus respectivos izquierdismos. El Golpe los encontró viviendo juntos en el departamento que ella compró en enero de 1973 en los emblemáticos edificios Turri, de la Plaza Italia, y que compartieron hasta su muerte, en 2005. "Era un lujo, con decirte que tenía una tina donde yo, que mido un metro 87, podía nadar".

Camilo Marks, su papá -que se llamaba igual que su abuelo y era constructor civil, de simpatías decé- vivía en Valdivia, donde tenía un muy buen pasar gracias a las concesiones de obras viales que ganó en el gobierno de Frei Montalva. "Después, cuando yo vivía en Londres, se enamoró de una niña y tuvo dos hijos, pero nunca se anuló con mi mamá. ¿Me puedes creer que les puso Camilo y Camila? ¿Has visto mayor megalomanía? ".

—¿Y tu mamá estaba enamorada?

—¡No tenían nada que ver! Da Vinci y Miguel Ángel no son nada al lado de mi mamá; ella pintaba, hablaba idiomas, leía, tejía— responde, con su tendencia a la hipérbole e indicando que la manta de lana sobre la que estoy sentada la hizo ella— Su peor error fue casarse con mi papá. Aunque si no lo hubiera hecho, yo no habría nacido y eso habría sido una gran pérdida. Mi papá era un hombre chileno: último de machista, celópata, energúmeno. En alguna época leía, pero cuando llegó la televisión se puso definitivamente huevón, como tantos.

La pareja se conoció en el sanatorio para tuberculosos de San José de Maipo. Loreto Alonso iba a ver a su hermano Luis, que terminó falleciendo, lo que la deprimió profundamente. Y Camilo padre, a un hermano suyo, que sobrevivió de una sombra en el pulmón. "Mi mamá se casó con mi papá, quizás para alejarse del duelo de su familia, que perdió a Luis y después a mi abuela. Así llegamos nosotros al mundo. Yo, que me llamo Camilo Luis, por mi tío muerto, y Rodrigo, mi hermano menor, que está en Kazajistán, pero esa es otra historia".

Durante los 50, "éramos de clase media, pero raros, porque entonces no se usaban las familias chicas. Mi hermano y yo pasábamos juntos todo el tiempo. Él me adoraba, me seguía los pasos en todo y nos metíamos en líos, porque yo era temerario. Casi me ahogué tres veces, me atropellaron otra. Ahora me darían Ritalín y quizás qué más. De hecho, y no tengo vergüenza de admitirlo, ahora tomo cualquier cantidad de pastillas y estoy en terapia desde hace diez años".

Hoy, que está terminando de editar sus memorias, las que presentará en la próxima Feria del Libro, confidencia que descubrió algo de sí mismo.

—¿Qué sería?

—Que nunca he sido desconfiado. Creo todo lo que me dicen, hasta lo que me cuentan en la calle. Soy medio caído del catre y me he llevado chascos por eso. Aunque soy tímido, soy sociable y le tengo confianza a la gente, lo que es raro en Chile, donde la mayoría es desconfiada. Piensan cinco minutos antes de responder. Yo contesto altiro. Y esto se debe a que mi familia nos daba libertad. No nos exigían nada, porque no esperaban nada, pero al hacerlo de alguna manera lo esperaban todo. Eso me hizo sentir muy libre y seguro. Confiado.

Nadie lo contradijo cuando quiso estudiar Derecho, ni cuando tuvo sucesivas crisis vocacionales y probó con Psicología, Filosofía y Castellano. "Lo único que exigió mi papá era que estudiara en la Universidad de Chile. La Católica era muy picante. La gente no lo cree, pero a la UC en los 60 iban los tontos. Era como entrar a la Escuela Militar. Acuérdate que había dos universidades no más, más la Técnica del Estado. A mi papá le parecía que la UC era tan rasca como estudiar Educación Física. Y tenía razón, no en lo de la Educación Física, que es una carrera preciosa, sino en que la Católica agarró prestigio en dictadura. ¿Tú eres de la Chile, cierto?

—No, de la Católica

—Ah, perdón.

La frescura no es delito

"Mi papá soñaba con ser millonario a lo Bill Gates. Y ganaba y perdía, hasta que logró que le fuera bien en Valdivia. Para mí, con un par de propiedades y 30 palos en el banco se es millonario. Para qué más", dice Camilo, quien es de hábitos y hábitat sorprendentemente austeros.

Está en Fonasa, no tiene auto, no sueña con una pensión. Comparte el dicho de Francisco Vidal: "Los profesores de universidades privadas somos los temporeros de la educación". Vive en una torre nueva y céntrica, en un duodécimo piso con vista plena a la cordillera, por lo que en la tardes, mientras la soprano Renée Fleming llena el departamento con los lamentos de Violetta, Camilo señala cómo se van incendiando los edificios con los reflejos del sol poniente. Eso para él es un lujo. El interior es blanco, con escasos muebles setenteros, herencia de su madre. Los libros que uno supondría copándolo todo, a primera vista no se ven, pero al abrir los clósets allí están, reemplazando la ropa. "No soy nada trapero", declara, ataviado con jeans y un suéter de buena lana y harto uso.

A propósito de la facha, recuerda que a Leyes se iba con traje y corbata, muy formal. "Pero llegó el 68 y ese estilo murió. El otro día fui a Derecho de la Chile, y me impacté. Los alumnos son todos unos andrajosos, llenos de aros y colgajos. Me horroricé; para mí la moda andrajosa va con lo alternativo, con lo artístico, no con el Derecho".

Camilo se tituló en 1975, el mismo año en que salió de Chile, luego que supo que la Dina lo buscaba. Había trabajado en el Comité Pro Paz y en la Vicaría de la Solidaridad, donde además aprovechó de ser "topo" para el MIR. "Nosotros sabíamos primero que nadie quién era detenido y eso permitía advertir a los cercanos. Le salvamos la vida a un montón de gente".

En Londres, donde perfeccionó su inglés y estudió Literatura, vio con pena a muchos exiliados chilenos. "El ambiente del exilio era sórdido, sobre todo para quienes no manejaban el idioma. En Alemania había gente con muy poca educación, que terminaron alienados, porque no entendían nada. A las mujeres les resultaba más fácil; las que salen, las que buscan la comida y se relacionan, pero vi a muchos hombres patéticos. Inglaterra tampoco era fácil, pero yo suscribo la frase de Samuel Johnson que dice: When a man is tired of London, he is tired of life", declama en inglés, lengua a la que recurre con frecuencia.

De regreso en Chile, la casualidad lo llevó a convertirse en crítico literario. Partió en la desaparecida revista Apsi, de ahí pasó a La Época, Qué Pasa, La Tercera y El Mercurio, donde está ahora. Fue su presencia en Hora 25 de TVN lo que lo hizo conocido. "Soy el crítico literario más entrevistado de Chile", sostiene, pero aclara que sólo para hablar de libros. "Mi vida personal no es un libro abierto, no sé por qué ahora te estoy contando tanto"

Tanto, no cuenta. Más bien habla. "Que esto, que lo otro" es la muletilla con que abrevia los cuentos. Niega de manera terminante tener una hija, como nos habían asegurado.

—¿Quién te dijo eso? No tengo hijos y no lo lamento ni ahora ni antes. Pero me encanta la gente joven. Me impresiona lo abiertos y desprejuiciados que son.

—¿Ha cambiado mucho Chile?

—Mucho. ¡Si hasta 1999 el sexo entre homosexuales era un delito penado con 541 días de cárcel, si recién en 2004 tuvimos ley de divorcio, si los pololos hacían operaciones comando para tener relaciones! Hoy la gente joven no tiene prejuicios y eso es fantástico, porque esa es la etapa en que se puede cambiar el mundo.

—¿Tú sentiste que podías cambiar el mundo?

-Claro, toda mi generación lo creyó y ya ves cómo nos fue. Aquí nos tienes descubriendo que muchos terminaron pasándole boletas a Soquimich. Eso es una decepción tremenda. No se puede creer que Ponce Lerou, yerno del dictador, financiara a Gabriel Salazar y a Julio Pinto, historiadores marxistas en la campaña de la Roxana Miranda. Por otro lado están los Penta, sinvergüenzas por todos conocidos, que le han robado a medio Chile— reclama, lamentándose por lo que le ha tocado a su amiga Elizabeth Subercaseaux. "Fue la primera mujer de Carlos Eugenio Lavín y, aunque no tiene nada que ver con él desde hace miles de años, ha visto sufrir a los tres hijos que tienen. No es fácil que todos señalen a tu padre como lo peor de lo peor".

No le parece comparable el caso Caval a los Penta y Soquimich. "Dávalos es un fresco, un sinvergüenza, pero la frescura no es delito, lo digo como abogado". Recuperando el resuello, se va de tesis: "El problema es que somos católicos. Si fuéramos luteranos, sabríamos que a esta tierra se viene a trabajar, a ahorrar, a invertir y a hacer el bien, que el que se desordena, hace trampa y comete delito, debe ser castigado aquí y no basta con arrepentirse de los pecados y encomendarse a Dios. Compara a España con Alemania y verás. La ética protestante permite que el capitalismo funcione sin que lo sobrepase la codicia. Lo malo es que nosotros tenemos la misma cultura católica que España y por eso estamos jodidos".

—¿Definitivamente?

—No, siempre es bueno compararse. En Chile, el cartero no se roba las cartas; los certificados de antecedentes, los obtienes en el día; Pinochet no robó tanto como otros dictadores. México sí es un Estado fallido; en Haití y Sierra Leona hay ausencia total de Estado y en Argentina sigue siendo rico ir a comer, pero vivir allí es una broma.

Camilo se levanta. Dice que se fue la luz, pero queda esperanza. Y nos pone en una disyuntiva: "¿Agua mineral o champagne?".

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