Lunes 13 de Julio de 2015

Carlos Tromben, autor de la novela histórica "Huáscar":

“Hoy el Huáscar tiene un fuerte componente de templo laico”

Sobre una devolución del barco a Perú: "No puedes agarrar un barco del año de la pera y hacerlo navegar".

Pablo Rodillo M.

Estuvo décadas ahí oxidándose y en los años 30 un comandante de la Armada chilena vio que estaba ahí el pobre Huáscar botado".

Ya en su segunda edición, el autor de la novela histórica "Huáscar" (Ediciones B), Carlos Tromben, asegura que su libro no hará enojar a los peruanos. "No es un libro chovinista". Siendo un tema tan sensible para el país vecino, dice que fue escrito "con mucho respeto y mucho cariño. De hecho, en el lanzamiento estuvo un amigo mío, el escritor peruano Alejandro Neira". Además, explica que hay mucha gente interesada en los temas históricos y del simbolismo que rodea a uno de los dos acorazados más antiguos que se mantienen hoy a flote. Una novela que relata las intrigas detrás de la captura del barco peruano durante la Guerra del Pacífico.

—¿Por qué una novela histórica sobre el Huáscar?

—La novela histórica es un segmento que está poco explotado en Chile y tiene un gran potencial. Y fue la editorial que vislumbró ese potencial de que estaba ahí y como lo demuestran otros libros como "El veterano de tres guerras", que en realidad es no ficción, pero está editado de manera de hacerlo más asequible al gran público y ha sido un batatazo de ventas, y "Huáscar" también.

—¿Esto quiere decir que hay un interés por la Guerra del Pacífico en Chile? ¿Aún hay fascinación por esta guerra?

—Sí. Los dos libros han demostrado que entre los lectores chilenos hay un gran interés por la Guerra del Pacífico y por los temas históricos en general. Claramente, existe esa fascinación, existe ese interés por los detallitos de la microhistoria que están vinculados al gran cuadro de la historia. Hay mucho interés por ver cómo era el país en ese entonces, lo diferente que era y también lo parecido que era.

—¿En qué se parecían?

—Por ejemplo, agarra a la chuña los nombres de los políticos chilenos de la época y te vas a encontrar con un Jovino Novoa, con un Matte, Walker. La élite ya estaba relativamente configurada con algunos elementos que en transcurso de estos siglos han ido incorporando, pero era básicamente el mismo núcleo gobernante.

—¿No es raro que aún exista una fascinación por la Guerra del Pacífico? —Ese es el potencial de la novela misma. Hablar de la guerra. Es medio "ñoño", pero sin embargo es un tema que motiva a personas a pagar una cantidad de lucas por un libro está ahí. Puede ser también que influya por los temas limítrofes que siguen pendientes y que no se han cerrado. Aún queda todavía un espacio de tensión entre los gobiernos por las razones que todos sabemos.

—¿Entonces cobra relevancia tu relato debido a la relación que tenemos hoy con los vecinos del norte? En 2014 tuvimos lo de La Haya con Perú y ahora se viene lo de Bolivia...

—Quizás... Pero yo no llevaría tan lejos el argumento. Toda historia épica, al margen de que haya o no controversia con los vecinos, tiene su asidero en el inconsciente colectivo. Hasta el día de hoy los australianos peregrinan a Galípoli porque ahí murieron 40 mil australianos y neozelandeses (1915, Primera Guerra Mundial). Y no hay ninguna controversia entre Australia y Turquía. Es parte del imaginario nacional.

—¿Cuál es el significado que tiene el Huáscar para Chile?

—El Huáscar mismo simboliza el triunfo de la Armada chilena sobre la Armada del Perú en la captura de su barco más poderoso. Un barco que tuvo en jaque los planes militares de Chile por la capacidad de Miguel Grau de hostilizar las líneas de abastecimiento, de hacer incursiones audaces y sorpresivas en los puertos. De hundir barcos, de capturarlos.

—¿Pero cuál es su significado simbólico? Siempre ha sido un motivo de controversia con Perú...

—Claro. Primero el Huáscar fue un botín de guerra. La historia del barco —que no está en la novela— es bien singular. Tuvo algunos problemas al final de su vida útil quedando abandonado en el atracadero de Talcahuano. Estuvo décadas ahí oxidándose y en los años 30 un comandante de la Armada chilena vio que estaba ahí el pobre Huáscar botado y decidió recuperarlo y de a poquito fue consiguiéndose las lucas y hoy en día es un museo que tiene un fuerte componente de templo laico. Es donde murió Arturo Prat y donde murió Miguel Grau. Lamentablemente está en el imaginario de Perú como un botín de guerra perdido, pero también es un lugar de peregrinación de muchos peruanos que van a verlo y que Chile lo mantiene con mucho esmero, cuidado y respeto.

—En 2010, el entonces ministro de Defensa de Piñera, Jaime Ravinet, insinuó la devolución del Huáscar a Perú provocando una ola de críticas. ¿Qué se debe hacer con él? ¿Lo dejamos, lo entregamos... o por último lo hundimos al lado de la Esmeralda...?

—Ese fue un riflazo de Ravinet. No sé que tema hay, incluso técnicos. No puedes agarrar un barco del año de la pera y hacerlo navegar. Habría que desmontarlo pieza por pieza a un costo gigantesco. Entregarlo quizás podría tener un efecto en las relaciones bilaterales, no sé. Pero debe ser carísimo hacer ese traslado.

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