Viernes 3 de Julio de 2015

El ojo futbolero de Rafael Gumucio:

“Tenemos modales rioplatenses, pero físico andino”

"La hinchada chilena es como de falsos argentinos", sostiene el escritor, que aquí habla del odio deportivo —que detesta— y del odio que siente por el mundo.

Por Juan Carlos Ramírez F.

Cruzamos con Rafael Gumucio la Costanera Andrés Bello. Él mira el cielo enrarecido de la preemergencia y alega por la falta de lluvia. Después, cuenta sobre un escritor de su generación famoso por mantener el odio a sus críticos por décadas. Dice que debe ir a una asamblea en la UDP que está en paro y donde dirige el Instituto de Estudios Humorísticos ("¡El humor no para nunca!"). Luego, me pide que le cuide su bolso: allí esconde su computador ultraliviano, el mismo donde escribe las columnas express de LUN en el lugar que lo pillen. Y, finalmente, se zambulle en el pasto frente a lo que queda del río Mapocho. Todo, en menos de 5 minutos.

Aunque apenas vio el grabador, advirtió: "Hagamos fotos convencionales nomás". Ahora yace derribado. Como futbolista recién lesionado. O escritor en terapia que ha sentido varias veces ese mismo odio que ahora el pueblo futbolero sudamericano tiene contra Chile.

"Me produce sentimientos encontrados. Por una parte, está mi repugnancia ante el nacionalismo asociado al fútbol. Por otro, la simpatía por un equipo que hasta en su forma de peinarse intenta pasar a la historia. Lo del dedo en el culo me parece perfectamente legítimo en un deporte de mafiosos, donde lo que importa es ganar. ¿Qué otra cosa esperan?".

Los transeúntes y ciclistas lo reconocen. Y lo miran, esperando que haga alguna bestialidad. Pero él está en paz, hablando sobre el odio.

"Uno va al futbol no a ver un entrenamiento caballeresco. Fomenta el crimen, el delito, la competencia y la guerra. El futbol tiene puras externalidades negativas. El odio no tiene ninguna importancia, porque es parte de las reglas del juego. El problema es decirles a los jóvenes que esto los va a salvar. ¡Poner más canchas no ayuda a nadie! ¿Vidal choca un auto? ¡Tiene plata, no es funcionario público! ¿Hay alguna otra moral que se espera del futbol acaso?".

Logro patético

Desde que vivía en Francia hasta hoy, Gumucio sólo ve partidos de la selección por la tele. "Estoy buscando algún grupo futbolero con que ver el partido. Si no, lo voy a ver con mis hijas y mi mujer", dice. En el colegio, ser malo para la pelota —como reconoce— no le generó mayores inseguridades. "Nunca traté de ser normal ni de integrarme a los futboleros, rockeros o pajeros. Ahora que lo pienso, es raro. No tuve temor de ser el bicho raro". De todas formas tenía su técnica de supervivencia cuando lo nombraban siempre al final y a la defensa: "marcar y molestar, nunca patear la pelota".

Es que el joven Gumucio no quería hermandades. "Me gustaban el rock y el blues. Eso lo saben pocos. ¿Para qué iba a decirlo si no iban a saber tanto o saber lo mismo que yo? Me aburría. Tampoco me gustaban tanto los libros. Eso no lo confesaba. Incluso ahora, cuando me toca estar con gente más culta que yo, disimulo eso. Porque estoy en el club de los cultos. Entonces, apunto lo que ellos leen y listo. Cuando niño me gustaban los dinosaurios, los animales en vías de extinción y la teología".

—¿La teología? ¿De verdad?

—Sí. Los temas que tenían que ver con Dios. Aún creo. Como ves, me perdí la niñez. Por eso desprecio a quienes tuvieron infancia.

— ¿Pero el fútbol ocupa algún lugar en tu vida?

—Soy malo para la pelota, pero el fútbol igual es parte de mi imaginario. Pienso partidos. También sueño jugadas.

— ¿Cómo las que hacía Bonvallet en el pizarrón?

—No. Cosas geométricas que pasan en la cancha. Lo que sueña Bielsa. Pero nunca tuve la fantasía de marcar un gol en una final. Detesto al intelectual que filosofa sobre el futbol. Pero sueño con futbol. Igual me parece estúpido ver todos los años a los mismos equipos jugando los mismos partidos.

— ¿Y te gusta esta selección?

—Parece que hemos sido temibles e importantes en esta Copa América. Siempre habíamos querido que se nos respetara. Y estamos logrando eso. Yo lo veo como un logro bastante patético.

— ¿Patético?

—Yo pensé que teníamos sueños más grandes. En otros ámbitos, culturales o musicales o literarios, donde ya somos reconocidos.

Bachelet y el shoot de heroína

— ¿Crees que los chilenos secretamente siempre quisimos ser odiados por el continente?

—Es que siempre hemos necesitado ser vistos. Le tememos a la invisibilidad. Somos de la idea de que si nos quedamos tranquilos en la casa no existimos. Hay que ser validados por los demás. Pero este odio es una cosa del futbol y luego todo volverá a la normalidad. Me llama la atención la hinchada chilena, que es como de falsos argentinos.

—Bueno, los cánticos son calcados a ellos.

—Sí. Y al final se les aflauta la voz. Tenemos modales rioplatenses, pero físico andino.

—Y los argentinos se ríen de eso.

—Aunque ahora se ríen menos porque estamos en las finales. Creo que les provoca espanto.

— ¿Te sorprendió algo de la performance de Bachelet en el estadio?

—Su desesperación. Verla tan desorbitadamente futbolera. Onda: "miren, hay algo en lo que todavía triunfamos". En su cabeza, Bachelet necesita sentirse útil y necesaria. Y en estos partidos es como si creyera que su presencia cambia las cosas.

—Los analistas insisten en que cualquier Presidente hubiese hecho lo mismo.

— Es que al final, esto es como una droga y ella ha estado mucho tiempo sin su inyección. La Presidenta es como el adicto que busca su shoot de heroína. Necesita sentir que estar en el estadio importa e incide en el resultado.

—Pero los seleccionados la reciben en el camarín, felices.

—Ah, es que ellos no viven en Chile (risas)

—¿La siguen viendo como la mamá?

—Ella representa al final al país. Ahora está en un mal momento, pero trascenderá. Los jugadores intuyen eso. ¿Quién se acuerda que Alessandri fue considerado un loco o Carlos Ibáñez un tirano? Ella simboliza una continuidad histórica.

—¿Más que Piñera?

—Él es como un hincha que quiere estar en la cancha. Alguien que entiende lo de perder y ganar más profundamente. Y ellos desconfían. No quieren tener un competidor al que le gusta ganar.

—¿El aprovechamiento de la imagen era más explícito?

—Sí. Además, la Presidenta encarna lo maternal y femenino. Y eso les sirve a los seleccionados. ¿De qué te va a servir un Presidente que en un discurso te trata por tu sobrenombre? Como efectivamente ocurrió con Bielsa. Eso es querer ser parte del juego. Y eso no cae bien.

"Soy muy envidioso"

En 1995, Gumucio era una estrella del canal Rock and Pop. Lo saludaban en la calle. Lo atendían bien en los restaurantes. Y creía que lo mismo le pasaría con su libro debut "Invierno en la torre". Todo lo contrario: fue destrozado casi unánimemente por la crítica. Aunque él no lo llamaría un acercamiento con el odio. "Me afectó y me salvó la vida", dice. "Tenía 25 y estaba un poco enviciado de mi personaje. Me arrepiento de cosas en la escritura que pudiendo controlar, no lo hice. También de pensar que era lo mejor de mi generación. ¿Qué es esa huevada? Tendría que haber sacado algo que pensara que fuera mejor que Kafka". Tampoco le importa tanto haber sido odiado por los animalistas cuando escribió contra ellos el año pasado, riéndose de quienes creen que los animales son más importantes que las personas. "¿Cómo vas a sentimentalizar un animal?", se pregunta.

El escritor tiene una experiencia más íntima con el odio: "Me sentí particularmente odiado una noche de septiembre en que se me ocurrió reportear a las pinochetistas furiosas que se abalanzaron sobre mí. Para recuperar el aire fui a la agrupación de detenidos desaparecidos, donde un militante me insultó por hablar mal de Che Guevara. Terminé llorando en el bandejón central de la Alameda".

Al parecer, la clave para entender a este escritor es, primero, aceptar que vive en un estado de sobreexposición continua. "Si dejo de hablar, desaparezco". Pero también que accedemos a un Gumucio que emerge con mayor intensidad y comodidad en sus textos. "Soy así. Nervioso. Torpe. Me conozco. Pero escribiendo estoy más cómodo", dice. Y ambas son sus estrategias mediáticas de seducción.

—¿Tú odias?

—Odio harto. Soy muy envidioso. Terriblemente envidioso.

—¿Logros importantes?

—De todo. Lo peor es que soy capaz de envidiar a la gente que le va peor que a mí.

—Dame un ejemplo.

—Miraba las fechas de nacimiento de los escritores y me comparaba. Antes era fácil porque era el único nacido en el 70. Ahora están los del 85 ó 90. Sé que es un pecado y una pérdida grande de tiempo, pero me tengo que posicionar frente a las cosas.

—¿Siempre?

—Siempre estoy obligado a responder. Y eso es nocivo y enfermante. Tiene cosas buenas: me hace estar despierto. Además, el odio es una forma de interés por los demás. Odio a la gente zen que dice que no odia, porque sólo están disimulando. Esos son los insoportables. Aparte, mis odios son normales.

—¿Celebras que a tus enemigos les vaya mal?

—Me alegro cuando le va mal a un amigo. Los enemigos no importan. ¿Cómo voy a sentir pena por el Mamo Contreras o Pinochet? Aparte, todos mis amigos son así también y lo saben. Son iguales que yo. Pero si sufren me preocupo y trato de ser compasivo. El dolor no me es indiferente, lo que es un descubrimiento. Cuando chico no existían los demás.

—Pero ahora eres el rey de la fiesta. Te he visto feliz socializando.

—Nah (se ríe canchero). Solamente me he puesto más común.

Y, antes de levantarse y quedar con el abrigo lleno de tierra y pasto, dice: "Siempre he pensado que la pasión futbolística es una forma menor de pasión. Quienes no sienten pasión, sienten pasión por el futbol. Aunque no tengo nada en contra de este deporte, me cargan el patriotismo y el nacionalismo. El narcisismo colectivo. La idea que somos más lindos y valientes es patética. Y terrible. Aunque uno lo sienta así, debería refrenarse".

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